martes, 29 de septiembre de 2020

Evento del mes de septiembre

Redactado y publicado por David Arbizu

LA MIGRACIÓN ASISTIDA DE PLANTAS Y ANIMALES

El calentamiento global está provocando graves alteraciones en muchas zonas y ecosistemas, creando situaciones muy complicadas para la supervivencia de muchas especies. Se puede decir que esto forma parte de la sexta extinción masiva, con muchos seres vivos del planeta viviendo bajo un alto grado de estrés y dificultad debido a todos los cambios que está acelerando el cambio climático, la crisis planetaria. La principal causa, tanto del calentamiento global como de gran parte de la degradación de la biosfera, es la actividad del ser humano, que además de contaminar todas las partes del planeta: agua, tierra y aire, también está destruyendo y ocupando los pocos espacios naturales que van quedando en la Tierra.

A nivel planetario, conforme las temperaturas van subiendo en cada zona, las especies se desplazan para poder establecerse en lugares con las temperaturas adecuadas para su supervivencia, para poder desarrollar todas sus funciones que están preparadas para unas características concretas del entorno. Estas características del entorno, que podríamos llamar ecosistema o hábitat, no se definen solo por las temperaturas o la humedad o aridez, o por las corrientes atmosféricas o marinas, dependiendo del ecosistema del que estemos hablando, sino también por todo lo que forma ese espacio, esa parte de la biosfera cuyo equilibrio depende de la interrelación entre especies, de toda la cadena trófica, porque todo forma parte y es una pieza básica de ese equilibrio y salud del ecosistema.

El cambio climático está impulsando una migración natural de la mayoría de las especies del planeta. Incluso el ser humano, que tiene una capacidad de desplazarse superior a las demás especies, ya está abandonando lugares donde el nivel del mar está aumentando peligrosamente, donde los incendios son constantes o hay un incremento del paso de huracanes más destructivos, y esto está provocando un aumento de lo que se llama “refugiados climáticos” en todo el planeta, no solo en lugares de conflictos armados, pobreza y hambruna, que justamente es donde las personas tienen más dificultades para poder desplazarse, sino en muchos lugares donde las condiciones del entorno muestran que en pocos años dejará de ser habitable.

En general, está comprobado que los movimientos de plantas y animales son hacia zonas más frescas, buscando temperaturas que antes tenían en sus hábitats. Esto hace años que se ha constatado, tal como demuestra un estudio realizado en 2011 en el que se pudo comprobar una tendencia global de movimiento de especies terrestres hacia los polos de casi 17 kilómetros por década, algo que equivaldría a 4,5 metros cada día. También se comprobó que las especies se desplazaban continuamente hacia terrenos más elevados a razón de 11 metros por década.


Es fácil pensar en casos de migración natural, tanto en especies animales como vegetales. Por ejemplo, sabemos que algunas especies de animales están apareciendo en ecosistemas más al norte del suyo habitual, aunque en algunos casos, como el del oso polar, es al revés y su supervivencia depende de poder adaptarse a condiciones menos frías, con un entorno con menos hielo y agua, más terrestre. Tal como demuestra el ejemplo del oso polar, en algunas ocasiones las migraciones conllevan el cruce de subespecies, y se ha observado como del cruce del oso polar con el oso grizzly ha nacido una nueva subespecie que se llama “oso grolar”. Pero no todas las especies animales tienen tanta movilidad, y algunas tienen mayor dependencia de las especies vegetales con las que interactúan, que forman parte de un hábitat de dimensiones más pequeñas. Entonces, las migraciones naturales de especies vegetales también pueden estar vinculadas con migraciones de animales, generalmente más pequeños, cuya vida tiene mayor dependencia en relación con la especie de planta o árbol que esté migrando.

Algo que está claro es que las migraciones naturales son lentas, especialmente de especies vegetales, cuyo proceso de migración se basa en la dispersión de semillas. En estos momentos, el cambio climático se está produciendo a un ritmo muy elevado, sin precedentes, de forma que muchas especies no tienen tiempo de desplazarse para evitar condiciones que amenazan su supervivencia y esto está acelerando la sexta extinción masiva y el aumento de ecosistemas desequilibrados, de especies cuya relación e interdependencia con otras es muy fuerte e importante y pueden avanzar hacia su extinción debido a que otras especies no pueden tolerar los cambios en su ecosistema. Y sabemos que no siempre la dependencia es de una especie animal respecto a otra vegetal, porque los vegetales necesitan la polinización que efectúan muchos animales, la tierra necesita la oxigenación que muchos pequeños animales subterráneos realizan al surcarla, pero también se necesita la lluvia, el aire, los rayos solares, incluso toda la gran importancia del reino de los hongos y también de los microbios. Por ejemplo, la sombra de un grupo de árboles sobre un arroyo es un factor imprescindible para muchas especies que requieren que esa sombra ayude a que el agua esté en su grado de temperatura apropiado, así que si esos árboles mueren y dejan de dar esa sombra, todo el ecosistema y toda la cadena trófica va a quedar desequilibrada, va a haber un desajuste fenológico que requerirá un tiempo para volverse a ajustar, a equilibrar. Tampoco hay que olvidar las especies que habitan los ríos ni las especies marinas, que también se están desplazando normalmente en busca de aguas más frías, que también sufren la mortandad de otras especies de las cuales dependen, y normalmente sus desplazamientos provocan desequilibrios, tanto en el nuevo ecosistema al que llegan como en su antiguo hábitat.

Actualmente, el cambio climático está muy acelerado, las temperaturas aumentan rápidamente, así como otras condiciones que alteran la biosfera, la vida. Ninguna especie de este planeta, en realidad ni siquiera el ser humano, puede adaptarse a este ritmo, y por eso hace años que se habla y se han puesto en marcha programas de migración asistida para que plantas y animales puedan sobrevivir. Además, el ser humano realiza muchas actividades que impiden y bloquean la migración natural, como la construcción de vallas y todo tipo de parcelación, la construcción de carreteras, la propia deforestación y también la construcción de presas, de puertos marítimos, la pesca, las perforaciones; resumiendo: todo lo que representa la urbanización, explotación y ocupación de espacios por parte del hombre.


La “migración asistida” se define como “la práctica de trasladar deliberadamente a miembros de una especie de su hábitat actual a una nueva región con la intención de establecer una presencia permanente allí”. A nivel del mundo vegetal, uno de los peligros de esta práctica, si es llevada a cabo solo con fines económicos, es que acaba siendo una reforestación y, peor todavía, un “monocultivo”, que acaba deteriorando el ecosistema donde se establece y cuyo objetivo final no es la recuperación de una especie sino conseguir grandes áreas que lleguen a ser bosques de los cuales sacar un rendimiento empresarial. Pero también se están llevando a cabo acciones y estudios para realizar migraciones asistidas controladas, buscando la supervivencia de una especie, valorando el lugar al que se va a desplazar teniendo en cuenta los cambios climáticos que ese lugar también va a soportar. Un ejemplo es el proyecto de Silvicultura Adaptativa para el Cambio Climático (ASCC, por sus siglas en inglés), que es un esfuerzo de colaboración para establecer una serie de ensayos silvícolas experimentales en una red de diferentes tipos de ecosistemas forestales en los Estados Unidos y Canadá. Desde este proyecto se están estudiando diferentes opciones de migraciones asistidas para diversas especies vegetales creando espacios que ofrecen las mismas condiciones que los escogidos como ideales para la migración. En esos espacios se han plantado ejemplares de la especie en concreto y se supervisa la evolución y la salud de la especie para asegurar una migración exitosa.

También se está realizando migración asistida con animales, aunque en la mayoría de casos se trata de reinserción de especies en hábitats que ya les pertenecían y de los que se habían extinguido, algo que no es lo mismo y que normalmente se hace con cautela y con un reducido número de animales, especialmente si son animales que pueden ocasionar algún problema con ganaderos o agricultores, como es el caso de la reinserción del oso en los Pirineos o del lobo en varios sistemas montañosos de España. Algunos casos que han dado buenos resultados son los que se han realizado en algunos ríos, especialmente de Estados Unidos y Canadá, donde las presas cortaban el paso de los salmones o incluso de anguilas que suben río arriba como parte de su ciclo de vida, y se empezaron a trasladar con camiones para que llegaran a su destino. En realidad, se trata de una ayuda más que de una migración asistida, y ahora en muchos lugares se están construyendo vías de paso para que los peces puedan subir y sortear las presas y otros obstáculos artificiales. Esto se puede comparar con los “pasafaunas”, lugares preparados expresamente para que los animales puedan atravesar carreteras sin peligro de ser atropellados. Un ejemplo interesante lo encontramos en algunas zonas de Wyoming (EE.UU.), donde han construido carriles para animales, especialmente enfocados en ayudar a las migraciones anuales de ciervos y alces, para que puedan desplazarse sin acercarse a las carreteras avanzando hacia su destino.

En algunos casos, la migración asistida de una planta tiene por objetivo salvar a la especie vegetal para así salvar también a una especie animal. Este es el caso de los abetos oyamel y las mariposas monarca en México, donde se han reubicado cientos de estos árboles en zonas más elevadas y frías para salvarlos de los efectos del calentamiento global y para que puedan seguir siendo el lugar principal donde habitan las mariposas monarca que vuelan hacia el sur en invierno para encontrar refugio en esos bosques que ellas requieren.


A pesar de que aumentan los estudios y algunas migraciones asistidas concretas, muchos científicos e investigadores están en contra de realizar estas acciones porque pueden empeorar la situación de la propia especie y de otras especies con las que tiene una relación de supervivencia, incluso dentro de la cadena trófica y también pueden desequilibrar trágicamente el ecosistema; y todo esto es posible tanto en el ecosistema del cual se saca a la especie como en el ecosistema en el cual se introduce.

Muchos biólogos advierten de la fragilidad de los ecosistemas, de cómo se ha llegado a una operatividad y equilibrio como expresión de formas de vida concreta que están entrelazadas, conectadas, dependientes entre ellas e incluso con ciclos naturales de la biosfera. Tal como explica Amanda Rodewald, profesora de ornitología en la Universidad de Cornell: “La introducción de nuevas poblaciones puede parecer una solución razonable, pero las especies no existen en el vacío. Cuando movemos un organismo a un nuevo ecosistema o región, podría perder acceso a recursos críticos, verse aislado de mutualistas (especies que coexisten para beneficio mutuo), o estar expuesto a nuevos depredadores, competidores, parásitos o patógenos”. Si se trata de una especie en peligro de extinción, puede que las dificultades y peligros del nuevo ecosistema sean peores que los que está afrontando en su propio hábitat. Además, otro gran peligro de la migración asistida es generar plagas y especies invasoras, algo que sucede cuando el nuevo ecosistema favorece las capacidades de la nueva especie para que se convierta en un depredador mientras, al mismo tiempo, no tiene otras especies que sean sus depredadores.

Además, es muy difícil calcular cómo interactuará una especie nueva con la flora y la fauna existente en un ambiente extraño, y siempre existe una alta probabilidad de que acabe en una invasión que cree devastación, debilitamiento del ecosistema, de su resiliencia, y muerte de otras especies. Hay que tener en cuenta que muchos científicos consideran que el problema de las especies invasoras es uno de los principales puntos clave del éxito y rapidez de la actual extinción masiva, y que el ser humano está continuamente provocando migraciones peligrosas de animales, tal como sucede con las especies que han llegado al Mediterráneo desde el Canal de Suez, o a la Antártida dentro de embarcaciones o de aviones, o incluso a los Everglades de Florida, cuando se liberaron serpientes de la especie pitón birmana que algunas personas tenían como mascotas y ahora es una de las mayores amenazas de este importante ecosistema.

También es importante un tema de actualidad en este momento de pandemia del Covid-19, que es la salud genética y el sistema inmunitario de las especies. Se ha comprobado, en especies de árboles, que existen diferencias genéticas dependiendo del lugar que habitan incluso dentro del mismo ecosistema. Por ejemplo, muestran rasgos genéticos distintos los árboles que están en una zona que pueda ser más fría, con menos llegada de rayos solares o con condiciones del suelo más pobres que los que pueden estar en zonas con mejores condiciones. Esto marca también velocidades de crecimiento y de resiliencia. Así que mover una especie con un programa genético y también inmunitario concreto a un lugar con características muy diferentes va a conducir a una degradación genética de la especie y a menores posibilidades de éxito. Esto también es así cuando se hacen plantaciones para recuperar partes devastadas en la naturaleza a partir de plantas que han sido cultivadas por el hombre, porque esas plantas pueden haber tenido una vida fácil, sin problemas de hidratación ni de competencia con otras plantas, ni de ataque de parásitos u otros depredadores, por lo tanto tienen menos posibilidades de poder subsistir. Esto también puede suceder al devolver a la naturaleza animales que han estado en cautividad o que han necesitado algún tipo de ayuda por parte del hombre y una vez recuperados son devueltos a sus hábitats.

En lo que sí que están de acuerdo los científicos es en que la técnica de conservación de todas las especies más eficaz sería acabar con el calentamiento global, sería el implementar definitivamente medidas estrictas para permitir la recuperación, la reparación de la biosfera completa y cada una de sus partes. El ser humano no conoce suficientemente cómo funciona la biosfera del planeta, ni cómo opera para buscar un equilibrio que permita la vida. El planeta nos muestra cada vez más que todo está interconectado. A pesar de que hay muchas cosas que se han descubierto y se saben, como vemos ahora con el fenómeno atmosférico de La Niña, que sucede en el Pacífico pero afecta a todo el planeta de formas totalmente diferentes dependiendo de cada lugar, siempre hay mucho más que queda por saber. Incluso parte de esa sabiduría no puede llegar si el ser humano no mira al planeta desde otro nivel de conciencia, de respeto, de amor. El amor y el respeto por toda forma de vida, por todo hábitat y ecosistema, debería empezar por “saber” que no lo sabemos todo, que todo está cohesionado, interconectado, que no se puede mover una pieza sin que se mueva todo el puzle que es la biosfera, y que ha llegado el momento de que nuestra huella como humanidad sea solo constructiva para todos los seres vivos, para el planeta, pues eso es lo que nos hará realmente humanos. 



Fuentes:

jueves, 27 de agosto de 2020

Evento del mes de agosto

 Redactado y publicado por David Arbizu


EL ÍNDICE DE RIQUEZA INCLUSIVA Y EL GRAN REINICIO


Cada vez está más claro cómo la actividad humana está afectando todo el equilibrio y la evolución de nuestro planeta y todos sus seres vivos, y que realmente es acertado llamar Antropoceno a esta época que algunos expertos consideran que empezó con la Revolución Industrial. Desde esos inicios, la actividad humana ha estado totalmente enfocada en el crecimiento económico, en un desarrollo dirigido a alcanzar unos logros cada vez mayores de lo que llamamos bienestar. Ese crecimiento imparable, basado en un abuso en todos los niveles sobre el planeta, sobre la biosfera, sobre todo un sistema del cual depende toda forma de vida, todo patrón o ciclo climático, ya sea de gran o pequeña envergadura, e incluso sobre nosotros mismos como especie humana, nos ha conducido al momento actual, a este año 2020 tan especial, donde la crisis nos toca de lleno directamente a nosotros como humanidad y donde también pueden surgir nuevos enfoques, nuevas implementaciones, nuevas formas evolutivas que hagan que nuestro crecimiento sea también el de todo el planeta, el de todas las especies, el de todos los espacios naturales, donde se instaure un nuevo equilibrio saludable, potenciado por nuestros propios intereses porque hemos comprendido que tenemos que cambiar, no solo para conseguir nuestro bienestar, sino ya incluso para sobrevivir.

La pandemia del coronavirus Covid-19 nos muestra la materialización de todas las amenazas y peligros latentes que hemos estado aparcando a un lado mientras seguíamos con nuestra devastación planetaria, con nuestra falta de conciencia planetaria. Entonces, el coronavirus tiene su origen en nuestro comportamiento, en nuestra propia enfermedad como seres que hemos desatendido y vulnerado nuestra propia naturaleza como parte de una cadena que forma la biosfera, y nos muestra cómo estamos en un punto de inflexión donde el cambio climático, los efectos de toda la gran contaminación de todo tipo realizada, la sexta extinción masiva y toda nuestra ceguera autoinfligida para sostener un sistema de consumo caduco, van a engullirnos a nosotros mismos con más pandemias, con más accidentes y explosiones de nuestras instalaciones llenas de tóxicos y radiactividad, y con más eventos climáticos catastróficos.

La situación actual también nos muestra que nuestra forma de gestionar la economía, la política, la estructura y funcionamiento de la sociedad y las relaciones entre los países, entre las diversas culturas del planeta, no puede seguir tal como lo ha hecho hasta ahora. También nos muestra que no puede seguir dominando el pensamiento y la base capitalista sobre la que funciona el mundo de la humanidad, porque ese “bienestar” prometido se ha convertido en casi una sentencia de muerte, y esto vale igualmente para países ricos como para países pobres. De algún modo, se puede decir que el PIB (Producto Interior Bruto) no puede seguir siendo un indicador vigente en esta “nueva normalidad” a la que algunas personas hacen referencia. De hecho, este término, “nueva normalidad”, va quedando obsoleto conforme se comprueba que no se implementan soluciones eficaces para salir de la crisis, y por eso se está usando un nuevo término que es el “Gran Reinicio”, donde ese bienestar no sea solo de las personas sino de todo el planeta y no se dirija hacia el crecimiento a cualquier precio sino hacia la estabilidad, el equilibrio y la armonía de la biosfera, de la naturaleza, del planeta y toda su vida como factor esencial de riqueza, como factor cuya salud y estado van a ser vitales para el nivel económico y de desarrollo que se pueda alcanzar. Esto implica avanzar hacia una perspectiva global, de soluciones globales, aunque puedan empezar a implementarse a nivel local en zonas donde sea más fácil empezar o donde haya un nivel de conciencia más acorde con este proceso donde la salud planetaria es una parte primordial del Gran Reinicio.

La Tierra es una fuente de riqueza que hasta ahora hemos utilizado solo para nuestro beneficio, pero este momento nos brinda un punto de inflexión donde se acentúan las crisis, se agotan las inversiones, los sistemas de asistencia sanitaria, las capacidades de los gobiernos de implementar soluciones verdaderas y avanzar en políticas medioambientales, ecológicas y también sociales frente a la presión de una economía que solo polariza cada vez más los extremos, que separa a los dirigentes del resto de las personas y obstaculiza el descubrimiento de nuevas formas de aprovechar la riqueza existente y de crear una riqueza que beneficie a todas las zonas del planeta, a todos sus seres. En un mundo global, no sirve de nada que los países más avanzados implementen leyes de protección de la naturaleza mientras los países más pobres tienen que aprovechar sus recursos naturales al máximo para no caer en bancarrota, porque esta es la situación que estamos viviendo, con aumento de extracciones mineras, de perforaciones petrolíferas, de incendios para tener más terrenos libres para actividades destructivas. Además, muchos países que se etiquetan de protectores de la naturaleza están devastando zonas de países más pobres, financiando todo tipo de actividades y colaborando a nivel tecnológico a cambio de poder beneficiarse y seguir con el abuso y la devastación, pero “lejos de casa y manteniendo la buena imagen”.

Todo paso y avance en unidad con el planeta es seguro y beneficioso

Por todas estas razones podemos decir, realmente, que se requiere un Gran Reinicio, y es un salto hacia adelante, en unidad con el planeta y todos sus seres como recursos únicos para que la riqueza planetaria nos llegue a todos y la pueda dirigir un ser humano con una conciencia elevada, con unas capacidades de análisis y visión de futuro basadas en la valoración del planeta como entidad completa y absolutamente rentable siendo administrada desde esa nueva conciencia y apertura global y de unificación. Así que realmente es un reinicio de mentalidad, de percepción, de conciencia, de poner las prioridades en el orden adecuado para avanzar hacia un sistema sostenible en todos los niveles, dejando atrás todo lo obsoleto y negativo que nos ha conducido hasta el grave momento de crisis actual. Ya hace años que se intentan introducir nuevas ideas, nuevas formas de estructurar la economía, pero de momento no se han consolidado porque siguen mandando los patrones de pensamiento que priorizan el crecimiento y los beneficios y no hay ninguna apertura hacia nuevas posibilidades que marcarían el camino del equilibrio, la sostenibilidad, el bienestar y la salud de las personas y del planeta, y todo ello como factores económicos de riqueza.

En este sentido, y frente al concepto del PIB, en 2012 se propuso un nuevo enfoque que se define como Índice de Riqueza Inclusiva (IWI, por sus siglas en inglés), que se calcula a partir del valor del capital humano (capacidades de generar progreso sostenible), del valor del capital natural (biodiversidad, potencial y servicios de los ecosistemas) y también del valor social de lo generado por la actividad humana (productos fabricados, construcciones, maquinaria). Por lo tanto, la Riqueza Inclusiva de un país es el valor de su capital natural, su capital humano y su capital producido, y estos tres aspectos establecen los parámetros para el desarrollo sostenible. No puede haber desarrollo sin que cada uno de estos activos tenga un valor positivo, no puede haber desarrollo si sigue la pandemia o aparecen otras debido a la devastación de la naturaleza y al estrés al que tenemos sometidos a los animales mientras avanza la sexta extinción masiva y les quitamos los pocos espacios naturales que les quedan, facilitando un contacto y una proximidad que son el trampolín de nuevas enfermedades. Tampoco puede haber desarrollo con un capital humano mermado, al servicio de un avance tecnológico destructivo en lugar de cohesionador con el entorno, de impulsor del respeto a la vida, de acelerador de políticas conservacionistas donde el capital humano dirija e influencie positivamente al capital producido.

Nada de todo lo aquí expuesto es posible sin ese cambio de mentalidad, sin una apertura especialmente de los líderes y dirigentes de este planeta hacia el gran beneficio que representa ese Gran Reinicio, la integración y entrega para impulsar la salud planetaria, comprendiendo el gran valor imprescindible de las conexiones entre el bienestar de los seres humanos con el de los otros seres vivos y los ecosistemas completos. Para ello también es necesario plantearse el concepto de “crecimiento”, porque en el sistema económico instaurado, si no hay crecimiento hay crisis económica y, por lo tanto, política y social, algo que afectará negativamente a la naturaleza, a la biosfera. Pero ya hemos comprobado dónde nos lleva el crecimiento constante y cómo ahora son totalmente visibles los “límites planetarios” a los que nos enfrentamos, unos límites donde esta vez está en juego nuestra supervivencia. Entonces, la perspectiva global, la conciencia de unidad a favor de un propósito común, de toda la humanidad y de todo el planeta, también significa comprender que habrá países donde todavía será necesario un crecimiento económico para poder generar estructuras básicas para su población, y el apoyo de países más desarrollados es el que permitiría ese crecimiento sin poner en peligro el medio ambiente de cada país.

Realmente no parece nada fácil poder ni siquiera conseguir que esto pueda ser comprendido, pero ya está habiendo iniciativas para mostrarlo con claridad, para sacar a la superficie y poner en práctica todas estas teorías de un sistema fruto del reinicio. Un ejemplo de esto es la WEALL (Wellbeing Economy Alliance-Alianza de la Economía del Bienestar), que representa la colaboración global de organizaciones, gobiernos, movimientos e individuos que trabajan juntos para transformar el sistema económico actual en uno que brinde bienestar humano y ecológico, donde las finanzas sirvan e incentiven la economía y la economía sirva a la sociedad y al medio ambiente. Esta alianza realiza trabajos y estudios en lugares concretos, pero siempre mediante la participación de una red global de individuos y organizaciones. Dentro de esta alianza se encuentra la asociación de Gobiernos de Economía del Bienestar (WEGo), donde gobiernos nacionales y regionales promueven el intercambio de conocimientos y prácticas de políticas transferibles. Actualmente participan activamente los gobiernos de Escocia, Nueva Zelanda, Islandia, Gales y Costa Rica.


Desde el Foro Económico Mundial, muchos expertos analizan y buscan soluciones para que los países puedan mantener o alcanzar una buena salud económica dentro del escenario mundial consiguiendo al mismo tiempo mitigar la crisis climática y planetaria. También se estudian las acciones y programas vinculados a ese Gran Reinicio necesario, donde entran en juego todos los países y donde, al mismo tiempo, hay que respetar la situación especial de cada uno de ellos. Uno de los problemas complicados es intentar que los países más endeudados no queden bloqueados por sus deudas y se vean obligados a explotar abusivamente sus recursos naturales para generar más capital para pagar sus deudas. En este sentido, se está estudiando la posibilidad de un mecanismo llamado “canje de deuda por clima”, donde se iría eliminando la deuda a cambio de inversiones centradas en la gente que aborden el cambio climático y la desigualdad mientras se van minimizando las explotaciones sobre los espacios naturales.

Todos estos programas, alianzas, estudios y también implementaciones son muy importantes en un momento donde a nivel mundial domina el caos y seguimos sin ver una solución a corto o medio plazo de la pandemia del coronavirus Covid-19. Es importante analizar todos los errores cometidos para poder trazar ese nuevo camino hacia el bienestar y la salud de todos y del planeta. La crisis que ha llegado con la pandemia también ha llegado a organizaciones conservacionistas, de protección de la naturaleza, de ecosistemas y especies de animales y plantas, y ha puesto de manifiesto cómo muchas de estas organizaciones dependen de las inversiones de empresas que en realidad son las más contaminantes del planeta, las que menos respetan lo que representa la riqueza inclusiva y solo se centran en sus beneficios cueste lo que cueste. Esto es algo que también entra dentro del cambio que implica ese reinicio, porque no va a ser posible si se basa en las inversiones y el apoyo de quienes representan el poder que no quiere que nada cambie aunque signifique la devastación planetaria. En este sentido, va a ser muy importante el comportamiento de los gobernantes, de ahí la importancia de que haya un acercamiento entre líderes y personas, porque el cambio y la influencia, el aprendizaje, debería llegar desde los dos lados para así empoderarse y avanzar con mayor nivel de conciencia. Lo que sí que está claro es que vamos a vivir momentos excepcionales y duros, donde esta lección que se llama “final del abuso y reinicio como salida de la crisis” va a mostrar cómo somos y si estamos dispuestos y vamos a ser capaces de impulsar lo que también podemos llamar una Nueva Tierra, donde la fase 2 del Antropoceno sea la de la especie humana actuando desde un nivel de conciencia superior en hermandad con todos los seres vivos del planeta y con la propia Madre Tierra, con Gaia.



Fuentes:

https://ensia.com/voices/gdp-inclusive-wealth-unep-sustainability-sdgs/

https://ensia.com/features/conservation-funding-tourism-covid-19-coronavirus-biodiversity/

https://freakonomics.com/podcast/doughnut-economics/

https://wellbeingeconomy.org/

https://es.weforum.org/agenda/2020/08/covid-19-las-4-claves-del-gran-reinicio/?fbclid=IwAR1hA5s0qHrARQCwQ9liqmYYRtyiWnKF_atRCeoqOV5XDl3LbbrJYOWIXIM

https://es.weforum.org/agenda/2020/06/ahora-es-el-momento-de-un-gran-reinicio/


martes, 28 de julio de 2020

Evento del mes de julio

Redactado y publicado por David Arbizu

LA AMNESIA AMBIENTAL GENERACIONAL, EL SÍNDROME DEL PUNTO DE REFERENCIA CAMBIANTE Y LA SOLASTALGIA


Estamos siendo testigos de una degradación constante del planeta relacionada directamente con esta época que se conoce como el “Antropoceno”, donde gran parte de las actividades desarrolladas por el hombre están impulsando una crisis planetaria junto con una extinción masiva sin precedentes, teniendo en cuenta que la magnitud, agravamiento y también la solución de esta crisis y de la supervivencia de muchos seres vivos dependen únicamente de lo que haga una sola especie que habita la Tierra: el ser humano.

Muchas personas ven con mucha negatividad la situación actual, cómo no se toman medidas drásticas para frenar toda esta gran devastación y deterioro, todo este desequilibrio que, tal como ahora nos muestra la pandemia del coronavirus, ya nos toca personal y directamente y nos demuestra que ya no vamos a seguir siendo solo unos observadores sino que vamos a sufrir la crisis y a tener que lidiar con situaciones difíciles si no se implementan las acciones y políticas necesarias y, además, si no se hace en el plazo más corto de tiempo posible. Creo que para muchos es sorprendente leer noticias sobre la aprobación de leyes de protección de la naturaleza, o de prohibición de acciones destructivas y altamente contaminantes, que otorgan un amplio plazo de tiempo para que se ejecuten, como si se comprendiera y aceptara que algo está siendo muy perjudicial para la biosfera, para la vida y la salud, y al mismo tiempo se le diera legalmente un plazo de varios años para que siga ocurriendo. Todo ello muestra un mundo antropocéntrico en el que se puede decir que “la antropología ha logrado desplazar a la biología, cuando ambas deberían estar elevadas y asociadas gracias a un mayor nivel de conciencia del ser humano”.

Esta gran crisis hace que muchas personas se interesen y se involucren para detener todo el daño que se está haciendo al planeta, y apoyen causas para defender los derechos de la naturaleza y de los animales y/o cambien sus rutinas o formas de vida para no apoyar la degradación sino contrarrestarla, pero en un mundo cada vez más centrado en la tecnología, donde las pantallas y los teclados están sustituyendo un contacto próximo con la naturaleza, donde aumenta sin cesar el número de personas que viven en grandes ciudades, se va perdiendo la propia esencia como ser vivo que forma parte de este planeta y que depende de todo un enorme mecanismo planetario, donde encajan todas las formas de vida, para que la existencia sea posible. Esa pérdida representa una degradación de nuestra relación con el planeta y toda la naturaleza, el clima, el medio ambiente, y se ha comprobado que conforme perdemos esa capacidad de conexión y de percepción, vamos “normalizando” el deterioro que nos rodea y se pone en marcha un mecanismo psicológico que se denomina “amnesia generacional ambiental”, desde la que se consideran normales las situaciones de degradación o incluso catastróficas que forman parte de nuestras condiciones de vida, desde donde cada generación solo toma en consideración los cambios y eventos que ha experimentado, olvidando etapas anteriores donde, por ejemplo, en un lugar podía haber más biodiversidad, más cantidad de animales, de plantas, de agua fluyendo por los ríos, de espacios verdes que acabaron siendo deforestados y urbanizados, de caminos entre bosques donde se escuchaba el canto de los pájaros o el sonido del viento moviendo las ramas de los árboles.

Peter Khan, profesor de psicología de la Universidad de Washington, fue la primera persona que utilizó la expresión “amnesia ambiental generacional” y declaró que: “Es uno de los problemas psicológicos centrales de nuestra época”. Por un lado, él observó esta falta de reconocimiento de las situaciones para pasar a “normalizarlas”, pero también que existe una negación, una resistencia a aceptar que algo negativo le esté pasando a uno mismo, como si pasara en todo el planeta pero no en la propia localidad. Por ejemplo, a raíz de una investigación que se hizo en Houston (Estados Unidos), los jóvenes entrevistados reconocían que en muchos lugares del planeta había contaminación del aire y del agua, pero menos de un tercio de los entrevistados creía que esa contaminación también afectaba al barrio donde vivían. 
Otro ejemplo expuesto por Khan se refiere al tráfico de San Francisco (California). Él explica que en la década de 1970 el tráfico ya era horrible y que pensó que, si empeoraba, habría una reacción de las personas por todo lo que representaba, pero pasaban los años y el tráfico iba empeorando, y todo el mundo iba integrando y normalizando ese deterioro que no paraba de crecer. De algún modo, el mecanismo de adaptación impulsa esa amnesia para no ser conscientes de todos los cambios negativos que se van desarrollando y fortaleciendo. 

Otro ejemplo distinto sería el del Mar de Aral (Asia Central), ahora prácticamente seco. Una persona que haya nacido cuando el lago ya estaba seco puede llegar a considerar “normal” esta situación, y próximas generaciones ni tan solo pensarán que había sido un espacio de agua enorme, de gran riqueza, lleno de vida. Incluso ahora ya hay quien dice que se tendría que denominar Desierto de Aral, algo que haría desaparecer todavía más la memoria de lo que ha sido uno de los mares más importantes del planeta.

Mar de Aral (Asia Central)

Otra expresión que está relacionada directamente con la “amnesia ambiental generacional” es el “síndrome del punto referencia cambiante”. Este concepto lo desarrolló el biólogo marino Daniel Pauly al comprobar que los expertos que investigaban áreas de pesca tomaban como referencia científica el tamaño y la composición de la población de peces que había al comienzo de su carrera. De esta forma, cada generación de investigadores no era consciente de que el estado que consideraban normal ya estaba degradado en comparación con las generaciones anteriores y por lo tanto no estaban trabajando desde una “línea de base” correcta sino desplazada respecto a la situación de esa especie o hábitat generaciones atrás, o incluso antes de la interferencia del ser humano. Esto también muestra una amnesia generacional donde va cambiando el nivel de referencia, de manera que se olvida un estado posiblemente de mayor riqueza y se acepta la desaparición progresiva de ciertas especies. En consecuencia, se establecen medidas de conservación con objetivos inadecuados, donde la situación “natural” no corresponde con el punto de referencia o meta a alcanzar que requerirían ecosistemas o especies para una recuperación adecuada y equilibrada, donde la línea de base se ha ido degradando y, por lo tanto, afectando y rebajando el nivel de los objetivos.

Tal como he indicado al principio de este artículo, se puede decir que la “antropología ha logrado desplazar a la biología”. El poder que tiene el ser humano para equilibrar o desequilibrar el planeta es enorme y cada error, cada amnesia ambiental, cada punto de referencia inadecuado, tiene efectos que pueden ser muy perjudiciales. Se puede decir que el nivel de conciencia y de percepción del ser humano sobre la naturaleza, sobre una especie, sobre un hábitat, va a condicionar su supervivencia y las acciones que se lleven a cabo para su conservación. 

Sabemos que nuestro cerebro es como un ordenador que actualiza continuamente nuestras percepciones y que cada vez lo hace con más rapidez pero con menor atención y enfoque, especialmente debido a la influencia continua de todo lo que nos llega desde la tecnología de dispositivos con pantallas que condicionan nuestros pensamientos, nuestro discernimiento, y muchas veces esa influencia nos aparta de la realidad, de la atención sobre los cambios que acontecen a nuestro alrededor y en nuestro planeta y nos conduce al olvido de patrones y niveles de equilibrio y biodiversidad más ricos y acordes a la realidad natural y primordial que ha ido quedando generacionalmente atrás. Según Philippe J. Dubois, ornitólogo y autor del libro “La grande amnesie écologique” (ed. Delachaux y Niestlé, 2015), la amnesia ambiental tiene “consecuencias aterradoras” porque impulsa la aceptación de la degradación, de la pérdida de nuestra calidad de vida, y además bloquea las posibilidades de cambio, de ampliar nuestra perspectiva para recuperar lo esencial, la esencia verdadera de nuestra relación con la naturaleza, con todos los seres vivos, con el planeta.


En su libro, Philippe J. Dubois también habla de que la degradación que observamos a nuestro alrededor, junto con la amnesia ecológica, a veces genera “solastalgia”. Este término fue desarrollado en 2003 por el filósofo ambiental australiano Glenn Albrecht, y se refiere a la ansiedad ecológica o depresión climática que se puede generar al estar en un entorno que ya no es propio, algo que produce una sensación dolorosa que no se sana con la amnesia porque es demasiado impactante, porque está muy vinculada a la propia vida, a la propia conexión existencial. Glenn Albrecht estudió el impacto de la actividad minera sobre los habitantes de un valle de Australia, donde toda la contaminación y destrucción de su medio ambiente provocada por esa actividad ha creado una gran angustia y nostalgia por el territorio perdido.

La mayoría de psicólogos y expertos que han estudiado y tratado este tema no lo consideran una enfermedad, sino algo que demuestra cómo reacciona una mente racional preocupada por todo lo que se está perdiendo frente a la inacción del propio ser humano y de toda la humanidad, pero no deja de ser un trastorno, al que también se ha llamado “Trastorno por déficit de naturaleza”, y con una depresión es más difícil tomar decisiones acertadas y tener la energía suficiente para mantener una postura elevada y constructiva. Philippe J. Dubois considera que la solastalgia es una experiencia que comporta cosas positivas y, al relacionarla con la amnesia ambiental, explica: “Es al tener conocimiento del pasado que podemos tomar buenas medidas, preservar lo que se debe conservar y evitar el colapso de los seres vivos. La naturaleza es como un tsunami: la gran ola destructiva suele ir precedida de pequeñas olas de advertencia. Si olvidamos nuestro pasado ambiental, despertar será aún más difícil”. Él también comenta la importancia de la educación ambiental y que se debería enseñar desde parvulario, algo que facilitaría no caer en la amnesia, sino que permitiría “abrir los ojos” y tomar una posición y perspectiva real de lo que está pasando en el planeta. También es muy importante mantener el contacto con la naturaleza, con la que tengamos en nuestro entorno, con la que fácilmente podamos identificarnos y establecer vínculos afectivos, algo que se llama “topofilia”, que se refiere a esos lazos existentes entre el ser humano y el lugar que habita. Todo ello podría construir una nueva forma de percibir, de discernir y, por lo tanto de actuar con mayor dignidad como ser humano, con mayor respeto por la naturaleza que nos rodea. Si entonces fuéramos capaces de unificarnos como humanidad que habita un planeta rico y espléndido, esa conciencia de respeto por la naturaleza, por la vida y por el planeta abarcaría toda la Tierra y seríamos capaces de dejar atrás y rechazar toda acción, estructura y sistema que perjudicara y bloqueara la recuperación y el final del abuso y destrucción que ahora estamos experimentando.




Fuentes:

https://www.bbc.com/mundo/noticias-38136747

https://reporterre.net/L-amnesie-environnementale-cle-ignoree-de-la-destruction-du-monde?fbclid=IwAR2KrYzsenfaOmBsyI7mqtorDCVr05HioZjj_NJjm85BDLRjWx2EeUzcjjY

https://es.qwe.wiki/wiki/Shifting_baseline

https://www.lne.es/opinion/2010/09/26/sindrome-referencias-cambiantes/972904.htmlhttps://envirobites.org/2019/08/22/shifting-baseline-syndrome/

https://www.bioguia.com/entretenimiento/que-es-la-amnesia-ambiental_29277075.html

https://physiciansfortheenvironment.wordpress.com/2017/01/03/health-and-the-environment-belong-in-the-same-box-why-health-impact-assessments-belong-in-environmental-assessments/

https://www.iagua.es/noticias/fundacion-we-are-water/mar-aral-dificil-retorno-agua

 

lunes, 22 de junio de 2020

Evento del mes de junio

Redactado y publicado por David Arbizu

LA ENERGÍA NUCLEAR EN EL MUNDO
La historia de la energía nuclear desarrollada por el ser humano empezó con las investigaciones y descubrimientos que se realizaron a finales del siglo XIX. A principios del siglo XX se hicieron pruebas que producían transformaciones nucleares, y a finales del año 1938 se demostró que algunas pruebas, en las que se había utilizado el uranio, habían producido una fisión atómica, y a partir de aquí se avanzó con gran rapidez hacia lo que se considera una reacción nuclear en cadena controlada en una máquina (reactor nuclear), que puede generar una gran energía, pero también se avanzó para utilizar esa reacción como forma de generar una explosión nuclear, algo que impulsó los programas dirigidos a aplicaciones militares. Las principales investigaciones y programas se desarrollaron en Alemania, aunque también había investigaciones en Dinamarca, Francia, Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos; de hecho, estos dos últimos países fueron los que a partir de aquí intensificaron sus esfuerzos para avanzar en las investigaciones en todos los niveles.

No se tardó en concebir que si una instalación podía soportar esa reacción en cadena, donde un material básico era el uranio, se obtendrían otros materiales resultantes como el plutonio, de enorme poder explosivo, y el neptunio. Se acordó dar estos nombres al ser planetas que están más allá de Urano, que sirvió para denominar al uranio cuando fue descubierto en 1789. Más tarde, en 1942, Estados Unidos encabezaba y aceleraba las investigaciones enfocadas casi únicamente en métodos de fabricación de material fisionable y extracción de plutonio con fines militares.

Después de la Segunda Guerra Mundial, con las explosiones de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, se impulsó un nuevo enfoque de la energía nuclear para producir electricidad, aunque continuaron los programas nucleares militares. En 1951, en Ohio (EE. UU.) se puso en marcha el primer reactor nuclear destinado a producir electricidad. Desde entonces y hasta 1965, Canadá, Rusia, Francia e Inglaterra, junto con Estados Unidos, empezaron a potenciar el desarrollo de las centrales nucleares. Aunque se construyeron muchos reactores, también se cancelaron muchos proyectos, y no fue hasta finales de la década de 1990, con la construcción de reactores de tercera generación, cuando aumentó el interés por impulsar la energía nuclear en muchos países. A pesar de todo, durante el siglo XXI se han construido pocos reactores, y solo China, con un proyecto de construcción de más de cien nuevos reactores, y otros países asiáticos están ampliando su volumen de electricidad de fuente nuclear. Con todo ello, actualmente hay unos 450 reactores de energía nuclear en el mundo y se están construyendo unos 50 más.

Central de Shippingport, primera planta de energía nuclear comercial de EE. UU. (1957) 

Desde los gobiernos y la industria nuclear, siempre se ha intentado convencer de la seguridad de las centrales, de que es una energía limpia y asequible que no provoca emisiones de carbono y por lo tanto no acelera el cambio climático. Pero junto a la historia del desarrollo nuclear en el mundo también hay una historia de graves accidentes, de estudios científicos que demuestran el gran peligro de la radiactividad para la salud del ser humano y de los seres vivos, de la biosfera. En enero de 1959, Abel Wolman, profesor de la Universidad Johns Hopkins, hacía estas declaraciones durante la primera consulta del Congreso de Estados Unidos sobre los residuos nucleares: “En términos generales su toxicidad, tanto radiactiva como química, es muchísimo mayor que la de cualquier otro material industrial que hayamos encontrado hasta la fecha en este o en cualquier otro país”.
La mayoría de las personas saben que, en caso de accidente, las centrales nucleares son verdaderas bombas con un poder de destrucción inimaginable, que los residuos nucleares pueden mantenerse activos durante millones de años, que no existen almacenes adecuados donde guardarlos y los que se han construido se deterioran con el paso del tiempo, que no existe la tecnología ni para poder supervisar el almacenamiento ni tampoco para poder desmantelar correctamente reactores que hayan sufrido un accidente o fusión parcial o total, tal como se está observando en Chernóbil y ahora especialmente en Fukushima.

Por desgracia, el accidente de Fukushima nos ha permitido ser mucho más conscientes de que se está trabajando con un tipo de energía que el ser humano no es capaz de controlar porque ni siquiera existe todavía la tecnología para hacerlo. En Fukushima hemos podido ver cómo los robots enviados a los reactores accidentados no soportaban la radiación, y eso teniendo en cuenta que eran robots especialmente fabricados para realizar ese trabajo. También estamos viendo cómo se apilan y aglomeran toneladas y toneladas de residuos radiactivos en enormes bolsas de plástico, y en octubre de 2019 pudimos comprobar cómo las inundaciones provocadas por el paso del tifón Hagibis arrastraron decenas de sacos que fueron a parar a un río, donde después se pudieron recuperar algunos, pero no todos, y donde se pudo comprobar que varios se habían roto. También Fukushima nos muestra el gran peligro de toda el agua radiactiva que se va almacenando en gigantescos contenedores una vez queda contaminada al contactar con los reactores, y ahora sabemos que para el año 2022 ya no se dispondrá de espacio para guardar más agua y se tendrá que verter al océano y posiblemente también generar algún tipo de operación para que se vaya evaporando en la atmósfera. Al mismo tiempo, hay zonas de la central donde todavía no se puede acceder debido a la alta radiactividad, y el desmantelamiento y limpieza se va retrasando mientras todavía no se sabe cómo se podrá almacenar tanto material radiactivo con seguridad, y tampoco dónde.
Otra cuestión muy grave que nos ha mostrado tanto Fukushima como Chernóbil es la radiación que queda impregnada en la naturaleza, especialmente en los bosques, y cómo los incendios forestales provocan que la radiación contenida llegue a la atmósfera y pueda viajar con el humo y otras partículas tóxicas.

Junto a los dos accidentes nucleares de Chernóbil (1986) y Fukushima (2011), otro accidente nuclear de alta peligrosidad fue el de la central de Three Mile Island de Estados Unidos (1979), considerado el primer gran accidente nuclear de la historia. Hubo una fusión parcial del núcleo del reactor y una enorme emisión de gases radiactivos a la atmósfera. Aunque destaquen estos tres accidentes, ha habido muchos más en muchas centrales nucleares del planeta desde donde ha habido emisiones radiactivas a la atmósfera y también a vías fluviales y océanos. La necesidad de enfriar los reactores nucleares significa que las centrales necesitan ubicarse cerca de algún cuerpo de agua, ya sea cerca de un río o de la costa oceánica, y esto implica una alta posibilidad de contaminación radiactiva que llegue al agua. Cuando hay un escape, algunos químicos radiactivos se quedan pegados a la tierra, o a plantas y árboles y no se expanden con facilidad, pero si entran en contacto con el agua sí que existe un alto nivel de expansión y pueden entrar en ciclos oceánicos desde donde acaban llegando a todo el planeta, tal como se considera que ha sucedido con la gran fuga radiactiva que hubo desde Fukushima.

Fukushima: Una de las zonas de almacenamiento de sacos llenos de residuos radiactivos

Además de la falta de tecnología para lidiar con la energía nuclear, el origen de muchos accidentes está en errores humanos. En algunos casos, los responsables del control de la seguridad de las operaciones no tienen la capacidad y preparación adecuada para llevar a cabo ese trabajo. Muchos accidentes han sucedido debido a algún fallo de la maquinaria o válvulas de seguridad frente al cual los operarios no reaccionaron adecuadamente, empeorando la situación. Actualmente, esta falta de profesionalidad se podría ver incrementada debido a que muchas centrales nucleares del mundo están obsoletas, son muy viejas y la energía nuclear es cada vez menos rentable. A esta situación, algunos expertos la han llamado “camino nuclear suicida”, un camino que implica a muchas empresas de servicio y miles de empleos vinculados al negocio nuclear. La consecuencia de esta situación complicada es que la mayoría de las centrales requieran ayudas gubernamentales para poder seguir funcionando, e incluso que se alargue la vida operativa de centrales que deberían apagarse y entrar en el larguísimo proceso de desmantelamiento, pero parece que se opta por la solución de seguir funcionando incluso para no tener que afrontar las operaciones de desmantelamiento, de valor exorbitado, y también para no afrontar el consecuente problema del almacenamiento de residuos. Son muchos los países con proyectos para construir grandes espacios de almacenamiento de residuos, pero normalmente no se están llevando a cabo por varias razones, entre las que destacan la oposición popular, las dudas de expertos sobre la seguridad del lugar escogido para el almacenamiento, que normalmente es subterráneo, y todo el gran peligro y volumen de actividad que representa el transporte de los residuos desde las centrales nucleares y otros laboratorios o lugares donde se puedan haber hecho todo tipo de pruebas, como por ejemplo detonaciones de armas nucleares. Para hacerse una idea, se calcula que cada año, a nivel mundial, se realizan alrededor de 20 millones de envíos de material radiactivo, que se transportan a través de vehículos por vías públicas o mediante ferrocarriles y barcos.

Otro aspecto negativo es que la energía nuclear está directamente vinculada con la minería y extracción especialmente de uranio. Las minas de uranio son puntos de alta toxicidad, y en muchos casos operan a cielo abierto. Además, existen muchas minas abandonadas porque dejaron de ser rentables que se han convertido en verdaderos polvorines radiactivos. Un ejemplo de esto lo encontramos en el Gran Cañón del Colorado (EE. UU.), donde hay muchas minas abandonadas sin ningún tipo de control.

Por desgracia, la energía nuclear y la radiactividad forman parte de nuestro mundo, y a pesar del trabajo de importantes organizaciones y movimientos anti-nucleares, que en algunas ocasiones han conseguido detener proyectos de construcción de centrales nucleares, como es el caso de la zona de la costa oeste de Estados Unidos, muchos países siguen apostando por este tipo de energía y mantienen proyectos de construcción de nuevos reactores. Las últimas innovaciones tecnológicas son los reactores modulares pequeños (SMR, por sus siglas en inglés). Estos reactores pueden formar una central de un módulo o de varios módulos. Se consideran más seguros y también económicamente más asequibles, se pueden combinar con otras fuentes de energía alternativas y ofrecen la posibilidad de ser trasladados e implantados en cualquier zona, ya que se pueden trasladar en camiones o contenedores de transporte. A pesar de todos estos aspectos que pretenden mostrar una opción más positiva e impulsar esta nueva tecnología, no dejan de ser reactores donde hay una fisión nuclear y van a generarse residuos radiactivos y químicos de alta peligrosidad.

Gran parte de la radiación que se ha expandido por el planeta, y de forma muy ostensible en zonas concretas, se debe a todas las pruebas de armas nucleares que se han realizado en muchos lugares. Aunque es ampliamente conocido que se hicieron muchas detonaciones de bombas nucleares en islas del Pacífico, en muchos países se han detonado armas en lugares subterráneos. Actualmente, muchos países tienen proyectos militares de armamento nuclear, sin importar si han firmado o no el “Tratado de No Proliferación Nuclear” o si están sometidos a sanciones y controles, como es el caso de Irán. Estos proyectos implican la manipulación del uranio y otros componentes para poder producir el plutonio necesario para las armas nucleares, así que en algunos casos se realizan operaciones de alta peligrosidad en instalaciones secretas. Y hay que añadir que cuando se consigue crear algún tipo de arma nuclear, normalmente lo que sigue es hacer una prueba y una detonación, algo que, por ejemplo, sabemos que ha sucedido en varias ocasiones en Corea del Norte.

Detonación nuclear realizada en 1946 por Estados Unidos en el Atolón Bikini (Islas Marshall)

Como conclusión, está claro que la energía nuclear representa una fuerza y un poder que van más allá de la capacidad del ser humano de contención, control y manipulación. El ser humano no es consciente de todos los efectos de esta energía, ni tampoco quiere serlo, porque ¿cómo se puede construir algo que va a contener algunos materiales tremendamente peligrosos que pueden llegar a tardar incluso cientos de millones de años en desintegrarse?
Muchas centrales nucleares se han construido sobre fallas tectónicas o excesivamente cerca de fallas tan importantes como la falla de San Andrés (California), o en zonas costeras de gran sismicidad, como sucede en Japón. En muchas ocasiones, antes de la construcción de una central nuclear, o incluso de un almacén de residuos, se han hecho estudios sobre las posibilidades de un terremoto en el lugar, incluso de un tsunami u otros eventos peligrosos, y se ha considerado que el lugar era adecuado, pero, tal como se vio en Fukushima, las protecciones contra el oleaje fueron insuficientes frente al tsunami, y siempre puede suceder un evento natural que exceda cualquier estimación hecha por el ser humano, porque es justamente esa imprevisibilidad la que supera cualquier cálculo, estadística y tecnología humana.

Actualmente la mayoría de las centrales nucleares del mundo almacenan sus propios residuos y combustible gastado, materiales que seguirán siendo radiactivos durante varios miles de años como mínimo. Según Greenpeace, hay más de 250.000 toneladas de combustible gastado repartido en instalaciones de 24 países. Entonces, ¿qué estudio y previsión científica puede realizarse para contener, controlar y resguardar estos materiales durante miles de años? Seguro que nadie puede hacer este tipo de previsión, pero todos podemos discernir que se están creando sin parar verdaderas bombas mortales de enorme capacidad de destrucción y con tiempo de actividad tan desmesurado que excede nuestra comprensión y nuestro nivel de conciencia para seguir operando con todo ello.


Fuentes:

viernes, 29 de mayo de 2020

Evento del mes de mayo

Redactado y publicado por David Arbizu

LAS PLAYAS: LOS ECOSISTEMAS MÁS FRECUENTADOS Y MENOS CONOCIDOS

Una playa es un espacio geográfico formado por un depósito de sedimentos no consolidados que está situado en la costa, que es la zona de interacción y transición entre una superficie terrestre, ya sea un continente o una isla, y el mar, entre los sistemas terrestres y los marinos. Se considera que las playas son biotopos costeros totalmente dinámicos, tanto por su formación y continuos cambios morfológicos como por su composición y los diversos tipos de vida que habitan en ellas o que las utilizan en parte de sus procesos vitales, como es el caso del desove de algunos animales. En general, se desconoce la complejidad de estos ecosistemas, su importancia como punto clave de equilibrio entre la relación “tierra-mar” e incluso “aire”, porque estos tres elementos aportan las condiciones ambientales determinadas que configuran una playa, además de todo lo relacionado con la radiación solar que pueda recibir y las temperaturas habituales correspondientes a su ubicación en el planeta.

Aunque para nosotros la playa es la parte de arena que nos permite llegar al mar desde una parte terrestre más interna, en realidad se considera que el espacio abarca toda la zona influenciada por los procesos marinos junto con el viento. Esto significa que se extiende desde el límite terrestre de las mareas, las olas y las dunas costeras formadas y arrastradas por el viento, hasta el punto en el mar donde las olas interactúan significativamente con el lecho marino, un punto a partir del cual, mar adentro, ya no hay un movimiento notable de sedimentos. Las playas forman verdaderos ecosistemas que desempeñan un papel importante en la regulación química de nuestra atmósfera y llevan a cabo funciones de gran importancia entre las que destacan el almacenamiento y transporte de sedimentos; el filtrado del agua, relacionado con la descomposición de materiales orgánicos y todo tipo de contaminantes, y también con el proceso de mineralización y reciclaje de nutrientes; el almacenamiento de agua en acuíferos de dunas junto con la descarga de agua de acuíferos subterráneos; el sostenimiento de una estructura vital para muchos animales que viven en la playa y para que otros puedan anidar, criar, desovar, encontrar un lugar de reposo en sus migraciones y también un lugar donde alimentarse; y el amortiguamiento del oleaje y la protección frente a eventos climáticos severos.

Lighthouse Beach (Nueva Gales del Sur-Australia)

Las características de las zonas terrestres y de las marinas, así como los vientos habituales de cada lugar, son las que generan que cada playa sea diferente, que puedan habitar diversas especies, que se aglomeren o se desplacen continuamente los sedimentos, que varíe toda su capacidad de filtración y también que sea distinta su forma de amortiguar la energía y fuerza del oleaje al llegar a la zona terrestre. Aunque esta función de protección y amortiguamiento es común para todas las playas, existen tres tipos de playas dependiendo de cómo sea este proceso: por un lado están las “playas disipativas”, de perfil suave, grano de arena fino, gran amortiguación de las olas y pocas corrientes de resaca; por otro lado están las “playas reflectivas”, de perfil pronunciado, grano de arena grueso, menor amortiguación de las olas y con corrientes de resaca; y entre estos dos tipos están las “playas intermedias”, que a su vez se pueden dividir en cuatro subtipos y son las que presentan formas y estados que no son claramente disipativos ni reflectivos. La imagen superior nos muestra un tipo de playa intermedia con partes de disipación del oleaje y zonas de corrientes de resaca, de canales más profundos y de color más oscuro, formadas entre las zonas donde se ven las olas rompiendo.

La arena de la playa está formada por partículas acumuladas fruto de la erosión de piedras y minerales junto con fragmentos de conchas marinas. Gran parte de estos materiales son sedimentos transportados por las corrientes y las olas, pero también se ha comprobado que una parte importante ha llegado desde la erosión de zonas internas terrestres y el transporte de sedimentos que llegan al mar desde los ríos y luego se trasladan por la línea costera gracias a las corrientes marinas que se mueven a lo largo del litoral. Se considera que una playa está formada cuando ha alcanzado naturalmente un ciclo equilibrado entre la acreción y la erosión.

En la imagen que sigue a continuación se puede ver la playa del Ahuir (Valencia-España) como un ejemplo de playa disipativa con su parte de arena y la parte posterior de dunas, con su especial vegetación adaptada a esas condiciones, hasta que llega la elevación del terreno que significa la transición del final de la playa hasta un nuevo terreno y ecosistema más interior, con otra vegetación y otro funcionamiento.

Playa del Ahuir (Valencia-España)

En las playas habitan una gran variedad de organismos vivos, desde microorganismos hasta peces que viven principalmente en aguas poco profundas y cerca de la línea costera. Las especies más numerosas son los moluscos, como las almejas y los caracoles, los crustáceos, como los cangrejos y las pulgas de arena, que no son pulgas sino crustáceos que tienen ese nombre por su capacidad de saltar, y muchos tipos de gusanos; a nivel vegetal también destacan las algas y diversos pastos marinos. 
El estado de la playa es muy importante para la supervivencia de los seres que la habitan. Por ejemplo, los cangrejos de arena se mueven arriba y abajo de la playa con la marea, siguiendo las condiciones del agua que prefieran. Estos animales altamente móviles utilizan más del 60% del ancho total de la playa en el transcurso de un año y se retiran a la playa superior para escapar de eventos extremos como tormentas. Otros animales, que pueden llegar a ser tan pequeños como los granos de arena, tienen hábitos cavadores y se mueven verticalmente, enterrándose más o menos según sus necesidades, por protección en los momentos de bajamar o incluso para mantener el grado de humedad que requieran o las zonas a alcanzar para encontrar alimentos.

Cada vez que llega y se expande una ola sobre la playa, trae nuevos recursos importantes para todos los seres vivos que la habitan, porque está transportando alimentos, nutrientes y oxígeno. Cuando la ola se eleva y avanza por la ladera de la playa, el agua de mar se hunde en la arena y drena hacia el océano mientras se realiza un gran filtrado que elimina partículas diminutas de algas y otros materiales orgánicos que proporcionan una fuente de energía para la comunidad de la playa.

Las playas son fuentes de alimento para muchas aves y peces que aprovechan especialmente la subida y bajada de las mareas para alimentarse, y también sirven como importantes zonas de reproducción para animales que no residen permanentemente en ellas, como es el caso de algunos peces que desovan en la arena, al igual que las tortugas. Las playas también pueden ser zonas de paso y descanso para aves migratorias y también para otros animales como los leones marinos, que usan las playas para descansar, criar, dar a luz o simplemente para calentarse al sol. Incluso en el momento de escribir este artículo, durante la pandemia del coronavirus Covid-19 y el confinamiento correspondiente, se han visto muchas imágenes de animales que se dirigen al mar y a las playas, animales que no esperábamos ver cerca del mar, algo que habitualmente no sucede porque la presencia del ser humano lo impide. Esto demuestra que muchos animales aprovechan las playas y entran en el agua para refrescarse, además también pueden encontrar alimentos como pastos y peces muertos que el mar haya expulsado hasta la arena.

Hasta aquí todo son aspectos positivos que muestran la capacidad e importancia de estos ecosistemas y cómo encuentran su equilibrio en la adaptación a las condiciones que lo forman. Desgraciadamente ahora hay que hablar de otro ser vivo que también accede a la mayoría de las playas: el ser humano. Las playas representan uno de los puntos de mayor concentración de contaminación provocada por el hombre, especialmente en las áreas urbanizadas, que son muchas en el planeta. Muchos vertidos, tuberías de drenaje, de expulsión de residuos de todo tipo, desde aguas residuales hasta sustancias químicas tóxicas, acaban en el mar y moviéndose hacia las costas. Otras contaminaciones llegan al mar y a las playas desde la desembocadura de los ríos, desde vertidos ilegales de barcos o accidentes de plataformas petroleras, por ejemplo. A todo esto hay que añadir la propia basura y contaminación que los seres humanos dejan en la arena e incluso en el agua a través de la contaminación causada desde los productos de protección solar, etc.

Las playas, como ecosistema y hábitat, también soportan en muchos casos la contaminación lumínica de las zonas urbanizadas, la contaminación acústica causada por el hombre, que llega tanto desde la tierra como desde el mar. El ser humano también ha facilitado la llegada de especies invasoras, tanto en la zona terrestre de la playa, al plantar especies vegetales no autóctonas que se han reproducido y han aniquilado las propias del lugar, como en la zona de agua con la gran acumulación de algas que en muchos casos son tóxicas y destruyen la vida de la zona costera, tanto por su toxicidad como al crear hipoxia y matar a muchos seres por la falta de oxígeno en el agua.

Playa Collaroy (Nueva Gales del Sur-Australia)

Tal como muestra la imagen superior, el exceso de urbanización cerca de la costa, esa necesidad de estar en primera línea de mar, ha causado una gran devastación en las playas de todo el mundo. Tanto las edificaciones como todos los diques, rompeolas, construcción de puertos de todo tipo, de paseos marítimos, etc. acaban destruyendo las playas y, en muchos casos, tal como se ve en la imagen, la playa va desapareciendo porque todo blindaje y protección del oleaje realmente solo consigue provocar una mayor erosión y el avance del agua tierra adentro, de manera que el resultado es el contrario del esperado porque se bloquea la energía de las mareas y el oleaje, que en muchos casos, en lugar de liberarse armoniosamente, vuelve hacia el mar incrementando su fuerza. Ahora, con el aumento constante del nivel del mar y de las tormentas que provocan oleajes muy potentes, muchas playas van desapareciendo conforme avanza el agua y va engullendo toda la arena.

La urbanización y toda acción del hombre para adecuar las playas a sus intereses también ha provocado la destrucción de la zona de dunas y vegetación, una parte importante del equilibrio del ecosistema. Toda desestabilización provoca una pérdida, que en muchos casos es de arena en la zona donde las personas ponen sus toallas, tumbonas, parasoles, etc., y esto significa que muchas playas necesitan lo que se conoce como “alimentación o relleno de la playa”, que consiste en agregar grandes cantidades de arena o sedimento para combatir la erosión o para alargar o ensanchar la playa. Estas aportaciones de grandes cantidades de arena no autóctona pueden matar a muchos animales y desestabilizar todavía más el ecosistema, ya que es muy probable que la arena nueva no tenga el mismo tamaño de grano o composición química que la arena natural, algo que cambia el hábitat del que dependen los animales de playa. Además, a medida que el mar va erosionando la arena nueva y la va engullendo, esta puede convertirse en un fango que asfixie la vida marina tanto por el deterioro de la calidad del agua como por el cubrimiento de pastos y algas que forman parte de la cadena de vida del ecosistema. Cuando se realiza la alimentación de la playa también se utiliza maquinaria pesada que bloquea y ahoga las capas de arena, algo que también sucede cuando pasan máquinas para allanar y limpiar la arena; todo ello provoca mortandad y destrucción del ecosistema.

La imagen que sigue a continuación muestra una parte de la playa de Benidorm (Alicante-España), uno de los lugares más devastados por la urbanización, la sobreexplotación de recursos naturales y la ejecución de cambios solo para intereses turísticos y económicos, algo que ha provocado que prácticamente ya no exista la playa como un ecosistema vivo, sino que realmente sea lo que solo es capaz de ver el ser humano, un montón de arena a utilizar para su propio bienestar y como forma placentera de llegar al mar.

Playa de Benidorm (Alicante-España)

Las playas también son víctimas de la explotación minera. Se considera que la extracción de arena es la mayor actividad de minería del mundo, además de una de las más destructivas. La arena es un recurso fácil de conseguir y la extracción la pueden realizar grandes empresas con maquinaria especializada, pero también individuos que solo requieren una pala para cogerla. La mayor parte de la arena se usa para hacer hormigón, pero también para ganar terreno al mar; un ejemplo de ello lo encontramos en Dubai, un lugar famoso por sus islas artificiales, que requirieron millones de toneladas de arena. La extracción de arena destruye las playas y provoca movimientos no naturales de sedimentos que pueden causar daños al llegar a otros lugares como, por ejemplo, arrecifes de coral. Esta actividad de extracción también se realiza en ríos y lagos, porque el tipo de arena erosionada por el agua es más adecuado para la construcción que la arena del desierto, erosionada por el viento, que es demasiado redonda y no tiene tanta capacidad de adherencia.

Debido a los efectos del cambio climático, con el aumento del nivel del mar y el fortalecimiento de los fenómenos climáticos extremos, se calcula que la mitad de las playas del planeta van a desaparecer a lo largo de este siglo. De momento la acción del hombre no ayuda a mitigar estos efectos sino que los acelera. No se comprende la importancia de toda acción, no se comprende que cada paso implica una pisada y que es necesario ser consciente de qué va a causar esa pisada, especialmente en un planeta que ahora, con el confinamiento, nos ha demostrado su fuerza de recuperación, de explosión de vida saludable, algo de lo cual también depende nuestra salud. En algunos lugares se está consiguiendo una mayor comprensión y respeto de las playas como ecosistema completo, y se está dando más espacio, tierra adentro, para que las playas puedan reformarse y reequilibrarse, incluso para que puedan desplazarse conforme aumenta el nivel del mar, porque no hay que olvidar su capacidad de protección e intermediación entre las energías del mar y de la tierra. Esperemos que aumente el conocimiento y comprensión de estos ecosistemas y que todo ello impulse que se vayan tomando cada vez más medidas para cuidar las playas y permitir que se desarrollen todos sus procesos, todo su dinamismo vital del cual también dependen muchos seres vivos y, consecuentemente, la biosfera y todo el planeta.


Fuentes: