martes, 27 de febrero de 2018

Evento del mes de febrero

Publicado por David Arbizu

LA LLEGADA DE UNA MINI-EDAD DE HIELO Y SU RELACIÓN DIRECTA CON UN MÍNIMO SOLAR
En las últimas semanas del mes de febrero de este año, 2018, se han seguido constatando eventos sorprendentes que reflejan el desajuste climático global que estamos experimentando en nuestro planeta. Estamos siendo testigos de situaciones absolutamente inusuales, como la retirada del océano o del mar lejos de la costa en varios lugares del planeta; una reciente caída de granizo de enorme tamaño en Arabia Saudí, que ha herido a decenas de personas y matado a muchos animales; el nivel del aumento del mar provocando inundaciones en localidades costeras, especialmente en la costa este de Estados Unidos; grandes tormentas, algunas en forma de potentes ciclones, que han causado inundaciones tanto en el hemisferio norte como en el hemisferio sur y que en muchas partes del planeta han llegado junto a vientos huracanados y una actividad volcánica y sísmica en continuo aumento, con erupciones con enormes columnas de ceniza y terremotos que, desde el inicio de este año hasta la fecha de la publicación de este artículo y especialmente en toda la zona del Anillo de Fuego, en 5 ocasiones han sido superiores a los 7 grados y en 16 han sido superiores a los 6 grados.

A esta lista de eventos climáticos que tienen en jaque a gran parte de la comunidad científica y a los meteorólogos, hay que añadir las olas de frío que, junto con fuertes tormentas de nieve y lluvia helada, han afectado a todo el hemisferio norte, como las que en varias ocasiones han descendido por Norteamérica, llegando incluso a México y también las olas de frío que han afectado Japón y toda Europa. Al mismo tiempo, también ha habido olas de calor en países de Sudamérica, en Australia y, desafortunadamente, en toda la zona del Ártico, donde se mantienen las altas temperaturas con valores que han llegado a superar en 35º las temperaturas normales para esta época del año. Estas altas temperaturas favorecen el deshielo y todo en su conjunto afecta a los patrones climáticos de los cuales depende que la corriente Jet Stream mantenga su estructura o se debilite formando ondulaciones por las que desciende el frío polar y asciende el aire caliente, principalmente del Atlántico pero también del Pacífico. De hecho, en un artículo publicado hace unos quince días se alertaba de que el mar de Bering había perdido un tercio de su hielo marino en tal solo ocho días.
En la imagen que sigue a continuación se observa esa gran zona de color rojo (calor) sobre el Ártico y toda Europa y el norte de Asia de color azul (frío). 


Está claro que estamos observando un gran desequilibrio de los patrones climáticos planetarios y cada vez son más los científicos que admiten que nos dirigimos hacia un enfriamiento general del planeta, a pesar de que el calentamiento global todavía sea una realidad que se tiene que afrontar desde la conciencia de la humanidad para determinar cómo se va a actuar frente a todos los efectos contaminantes y de destrucción de los sistemas de la biosfera que provoca la actividad humana. Además, está sucediendo algo que hace varios años algunos científicos ya alertaban, que el calentamiento global conduce hacia una mini-glaciación.

La situación relevante principal relacionada directamente y, según muchos científicos, causa directa de la próxima mini-edad de hielo que va a afrontar la Tierra, es el descenso de la actividad solar, lo que se conoce como “mínimo solar”. Cada vez es más evidente el debilitamiento del Sol, con muchos días seguidos sin la aparición de manchas solares y con una presión y velocidad del viento solar en descenso, tal como demuestra el hecho de que se ha registrado una reducción del 87% de las manchas solares y una caída del 20% de la presión del viento solar. Se prevé que este descenso de la actividad solar va a seguir hasta llegar a un “mínimo solar”, que representaría el punto más bajo de actividad antes de que se empezara a recuperar. Según la astrofísica Valentina Zharkova de la Universidad de Northumbria, Inglaterra, habrá una reducción de hasta el 60% de la radiación solar que normalmente llega a nuestro planeta y este fenómeno se enfatizará del 2030 al 2040 y podría durar unos 30 años. Ella considera que la probabilidad de que esto suceda es del 97% y será un evento similar al que sucedió entre 1645 y 1715, conocido como “mínimo de Maunder”. Durante ese período de tiempo solo se registraron unas 50 manchas solares, cuando lo normal hubiera sido registrar entre 40 000 y 50 000 manchas, se congeló el río Támesis, en Londres, así como el mar Báltico (se podía ir andando de Suecia a Dinamarca) e incluso parte del río Ebro y del río Tajo.

Destello solar de rango menor observado el pasado 8 de febrero

Según los modelos matemáticos utilizados para el estudio de la actividad magnética del Sol, el mínimo solar llegará a partir del año 2021, que sería cuando realmente empezaría a bajar marcadamente la temperatura global, lo cual nos llevaría a una pequeña glaciación mundial hacia el año 2030. Otros estudios científicos realizados con anterioridad decían que la bajada de temperaturas empezaría a ser notable a finales del año pasado, 2017 y que durante los años 2018 y 2019 ya habría un descenso de temperaturas importante a nivel global. Todo lo que estamos experimentando y observando que sucede en el planeta durante los últimos meses parece verdaderamente estar indicando ese inicio del enfriamiento planetario, sobre todo en el hemisferio norte, que es donde se considera que la glaciación tendrá más fuerza e impacto.

Por otro lado, hay que añadir que el cambio climático y todo el desequilibrio que existe en los patrones atmosféricos y en la actividad de las placas tectónicas y los volcanes, está favoreciendo que los rayos solares lleguen con menor potencia a nuestro planeta. En este sentido, una mayor actividad volcánica, con enormes emisiones de ceniza, como la que hemos visto hace poco en el volcán Sinabung (Isla de Sumatra-Indonesia), que emitió una columna de ceniza de más de 5000 metros de altura por encima del cráter, representa un bloqueo para los rayos solares. Al mismo tiempo, el incremento de la actividad sísmica tiene una relación directa con la actividad volcánica, debido a que los grandes movimientos del magma siempre acaban alimentando las cámaras magmáticas de los volcanes. Además, la actividad sísmica y la actividad volcánica también guardan una relación directa con la actividad solar, ya que los efectos del Sol sobre nuestro planeta provocan movimientos sísmicos que facilitan que las placas se acomoden sin grandes fricciones, algo que es necesario para su equilibrio y estabilidad, pero una reducción de ese impacto solar genera que los movimientos de las placas sean más bruscos, que se acumule mucha más tensión antes de que haya un sismo y, consecuentemente, que los terremotos sean más fuertes y que grandes movimientos de magma alimenten los volcanes.
Otra consecuencia de la baja actividad solar es una mayor llegada de rayos cósmicos a nuestro planeta, algo que supone un debilitamiento de las capas de la atmósfera, la aparición de agujeros en la capa de ozono y un incremento de la formación de nubes, lo cual, añadido al actual aumento de tormentas, representa que áreas muy amplias de nuestra atmósfera puedan estar cubiertas de nubosidad que dificulte la llegada de los rayos solares.

Erupción del volcán Sinabung del 19 de febrero de 2018

La actividad humana es la responsable principal del calentamiento global y ese calentamiento global también puede conducir a una mini-edad de hielo. En este sentido, las altas temperaturas en el Ártico, con todo el deshielo, provocan el desajuste de los patrones atmosféricos y la llegada de agua fría dulce a zonas del océano Atlántico, cuyo equilibrio y estabilidad son básicos para el correcto funcionamiento de muchas corrientes oceánicas, especialmente para el funcionamiento del cinturón oceánico o circulación termohalina, cuyo estancamiento también supondría una mini-glaciación.
La humanidad también es responsable de todos los programas de geoingeniería que se están llevando a cabo y que mayormente están enfocados en frenar el calentamiento global, como, por ejemplo, los chemtrails (siembra de nubes químicas), cuya finalidad principal es condensar la humedad para favorecer precipitaciones y también reflejar la luz solar hacia el exterior, y la emisión de productos de nucleación del hielo para ayudar a mantener el hielo de las zonas árticas, algo que muchos científicos han advertido que acaba causando el efecto contrario, además de envenenar y contaminar sistemas básicos de nuestra biosfera. Otros programas, como el proyecto Haarp de Estados Unidos y otros proyectos parecidos que llevan a cabo otros países, están enfocados en el control del clima y otras acciones que pueden afectar y provocar importantes desequilibrios que podrían acabar siendo un impulso para el enfriamiento global.

La astrofísica Valentina Zharkova considera que el calentamiento global podría contrarrestar las consecuencias de esa mini-edad de hielo e incluso espera que esa oleada de frío permita, más bien, anular el calentamiento global y brinde “a la humanidad y a la Tierra 30 años para arreglar nuestra polución”. Esperemos que así sea y que la humanidad sea capaz de llevar a cabo esa gran reparación planetaria, que empieza por una reparación de sí misma, para poder seguir desarrollándose desde una conciencia superior, respetando y cuidando al planeta y comprendiendo la importancia de todos los sistemas que forman la biosfera. 



Fuentes:

martes, 16 de enero de 2018

Eventos destacados del mes de enero

Publicado por David Arbizu

LAS BOMBOGÉNESIS O CICLOGÉNESIS EXPLOSIVAS
Con el inicio del año 2018, estamos siendo testigos de cómo los patrones climáticos son cada vez más extremos. A nivel de temperaturas, está habiendo grandes olas de frío, como las que han provocado drásticas bajadas de temperaturas en muchas partes del hemisferio norte, pero también perjudiciales olas de calor, como la que ha sufrido parte de Australia. También se están formando grandes tormentas en todos los océanos, como el ciclón tropical “Ava” que ha afectado Madagascar, en el océano Índico; como la tormenta “Eleanor”, que desde el este del océano Atlántico entró en Europa con fuertes vientos y lluvias y como otras tormentas que se han formado sobre el océano Pacífico, como la que hace una semana afectó algunas islas de Japón con fuertes nevadas o la que actualmente está provocando graves inundaciones en algunas islas de Filipinas.

Aunque observamos que se están produciendo fenómenos meteorológicos extremos en muchas partes del planeta, lo que actualmente está focalizando nuestra atención son las tormentas polares que están llegando a Estados Unidos, sobre todo a su mitad este y en especial, la bombogénesis o ciclogénesis explosiva que se formó entre los días 3 y 4 de este mes y cuyos efectos todavía se sienten en muchas partes del país, además de que fue fortalecida por un frente polar que se mantiene dominando una parte importante de Norteamérica, algo que provoca que en amplias zonas las temperaturas sigan siendo extremadamente bajas.

Frente polar cubriendo gran parte de Norteamérica

Los meteorólogos utilizan el término “bombogénesis” o “ciclogénesis explosiva” para nombrar y definir un ciclón de altitud media que gana fuerza muy rápidamente. De hecho, es ese fortalecimiento rápido, explosivo, lo que genera que la tormenta, el ciclón, que es una masa de aire en forma de columna ascendente que, en el hemisferio norte, gira en sentido antihorario, pueda crecer y volverse un fenómeno muy violento y peligroso y con una gran capacidad de afectar un área muy amplia del continente junto al que se haya formado.

El oeste del océano Atlántico Norte es una de las zonas del planeta donde pueden darse las condiciones ideales para que se formen bombogénesis debido a que el aire frío propio de las latitudes más altas choca con el aire caliente que se mantiene sobre el océano, especialmente sostenido gracias a la Corriente del Golfo. Conforme la masa de aire caliente que va formando el ciclón se eleva desde el centro, se produce un mayor efecto de vacío y la consecuente bajada de la presión atmosférica. Cuando la columna de aire asciende a un ritmo muy rápido y la presión cae considerablemente (un mínimo de 24 milibares en 24 horas), se produce una bombogénesis debido a que el aire que asciende por el centro de la tormenta va siendo reemplazado por el aire que la rodea, todo ello con mucha rapidez, formándose potentes vientos que se mueven hacia el centro de la tormenta a gran velocidad. Con la influencia del frente frío y seco que llega desde el norte contrastando con unas condiciones mínimas de humedad y calor del aire subtropical situado sobre el océano, los vientos y la energía de la tormenta se multiplican, el aire que sube se enfría cada vez con más rapidez y la humedad se condensa para formar enormes nubes que descargarán lluvia pesada o nieve junto a vientos huracanados.

En las dos imágenes que siguen a continuación, se puede observar la formación de la bombogénesis frente a las costas de Estados Unidos. En la primera imagen se puede observar cómo casi toda la zona está dominada por las altas presiones (H), destacando las representadas en color más oscuro, que coinciden con la bajada del frente polar. En esta imagen se ve una zona de bajas presiones (L), con una presión barométrica de 992 milibares, frente a la costa, al norte de Florida y frente a los estados de Georgia, Carolina del Sur y Carolina del Norte. En la segunda imagen, que reproduce la situación pasadas 24 horas, la ciclogénesis explosiva ya está formada, se ha desplazado hacia el norte a lo largo de la costa y la presión ha bajado a 947 milibares.

Existen varios factores que son decisivos para que se produzca una bombogénesis, para que haya esa presencia de altas y bajas presiones, la presión barométrica caiga en picado rápidamente y las lluvias, nevadas y vientos precedan y también coincidan con un gran impacto de un frente polar que desciende hasta latitudes muy bajas.
Uno de estos factores es la corriente Jet Stream, de cuya estabilidad y regularidad depende que los vientos polares se mantengan en las latitudes altas, de manera que no se formen tormentas polares que desciendan hacia el centro del hemisferio norte. El estado y comportamiento de la corriente Jet Stream depende, a su vez, de la relación de equilibrio entre las presiones atmosféricas del Ártico y las presiones atmosféricas de las latitudes medias, lo cual va a provocar que el patrón llamado “Oscilación del Ártico” esté en fase positiva o negativa y tal como explico en mi artículo anterior publicado en este blog, titulado “Las alteraciones del Giro de Beaufort y la Deriva Transpolar, dos corrientes clave del océano Ártico”, actualmente la Oscilación del Ártico está en fase negativa y eso supone una mayor presión en el Ártico y que el trazado de la corriente Jet Stream forme ondulaciones que permiten el descenso de frentes polares.
Otro factor importante que también tiene una relación directa con las presiones atmosféricas son las corrientes oceánicas y las temperaturas del agua y del aire que se encuentra sobre su superficie. Si hablamos de la costa este de Estados Unidos, la Corriente del Golfo, al ser una corriente cálida, representa un factor muy determinante para la formación de bombogénesis. En este sentido, el deshielo del Ártico y la entrada de agua dulce y fría que está habiendo en el Atlántico Norte, principalmente desde Groenlandia, también influyen sobre la Corriente del Golfo desestabilizándola y provocando desajustes que afectan a la circulación termohalina o cinta transportadora oceánica y consecuentemente, a los patrones atmosféricos globales.

La bombogénesis frente a las costas del norte de Estados Unidos

Las impactantes imágenes que han llegado desde Estados Unidos de lluvia helada, de calles inundadas donde el agua quedó totalmente congelada, de iguanas y otros reptiles en Florida inmóviles, aletargados por el frío, de algunas zonas del océano Atlántico, de los Grandes Lagos y de las cataratas del Niágara, prácticamente congeladas, nos recuerdan la previsión científica de la llegada de una mini-edad de hielo, algo que se preveía que ya podía hacerse notable a finales del año pasado y que coincidía con la activación del fenómeno atmosférico “La Niña”, que, en general, representa un patrón de frío, aunque de momento no ha cogido mucha fuerza pero se prevé que pueda durar hasta el mes de marzo.
Desde otras partes del planeta también han llegado imágenes y noticias de eventos que reflejan ese posible enfriamiento generalizado, como la del desierto cubierto de nieve en Argelia, las devastadoras olas de frío que han afectado el norte de India, Nepal y Bangladesh y los récords de bajas temperaturas registradas en algunas ciudades de Canadá.

Lo que sí que es seguro es que hay un desequilibrio de los patrones climáticos ya que, a pesar de todo lo que parece señalar una próxima mini-edad de hielo, sigue habiendo un calentamiento global, un gran deshielo de los casquetes polares y del permafrost y muchas zonas con sequías muy graves y duraderas, aunque todo ello en realidad pueda conducir a un enfriamiento general y aquí también se tendría que considerar la actividad solar, que es muy baja y se dirige hacia un mínimo solar. Los científicos están viendo y constatando que no tienen tanto conocimiento sobre cómo funcionan esos patrones, esos sistemas que forman y sostienen la biosfera y cada vez van descubriendo la existencia de nuevos vínculos y relaciones entre esos sistemas, entre diversas partes del globo, que demuestran esa interrelación, esa conexión de la cual depende la estabilidad del planeta y de su biosfera, estabilidad de la cual dependemos todos.







martes, 26 de diciembre de 2017

Eventos destacados del mes de diciembre

Publicado por David Arbizu

LAS ALTERACIONES DEL GIRO DE BEAUFORT Y LA DERIVA TRANSPOLAR, DOS CORRIENTES CLAVE DEL OCÉANO ÁRTICO
A finales de marzo de este año, 2017, se registró la extensión máxima anual de la capa de hielo marino del Ártico, un registro que significa la extensión más reducida desde que comenzaron las mediciones por satélite en 1979 y que sigue la tendencia de los años 2015 y 2016, cuando también se registraron récords de extensión más baja jamás registrada.
Conforme va siendo cada vez más evidente el cambio climático y la relación directa que tiene el Ártico sobre los patrones que afectan al clima de todo el planeta, donde podemos incluir el efecto directo sobre sistemas atmosféricos, como la corriente Jet Stream y sistemas de corrientes oceánicas, como la circulación oceánica termohalina, también aumentan las investigaciones y estudios científicos para conocer el funcionamiento de esta región polar y todos los elementos que forman parte de su engranaje.

En el océano Ártico hay dos corrientes muy importantes que están totalmente interconectadas y que son clave para la formación y mantenimiento de la capa de hielo, así como para el transporte del hielo y las aguas polares hacia la zona donde se encuentran y conectan con el océano Atlántico. Una de estas corrientes, el Giro de Beaufort, está llamando especialmente la atención de muchos científicos debido a que está actuando de forma extraña y esta alteración podría suponer una descarga de una gran cantidad de hielo y agua dulce fría que llegarían al Atlántico Norte. Esta corriente se origina y ocupa gran parte del mar de Beaufort, un mar ubicado al norte de Alaska y del territorio canadiense de Yukón. El Giro de Beaufort es una corriente que se forma debido a que la alta presión atmosférica provoca e impulsa vientos que giran sobre esa zona en el sentido de las agujas del reloj, es como una peonza gigante que contiene grandes cantidades de hielo marino, un hielo marino que se ha ido espesando gracias a la propia corriente y al paso del tiempo. De esta manera, el Giro de Beaufort ha ayudado a crear las abundantes capas de hielo marino que hasta hace poco cubrían gran parte del océano Ártico durante todo el año.
La otra corriente es la Deriva Transpolar, que es una corriente que atraviesa el Ártico en dirección al estrecho de Fram (entre Groenlandia y las islas Svalbard), donde se encuentra con las aguas del Atlántico y cuya fuerza y trayectoria dependen del tamaño y potencia del Giro de Beaufort.


Durante los últimos 15 años, un equipo internacional de científicos ha dirigido el proyecto "Beaufort Gyre Exploration", desde el que han llevado a cabo expediciones anuales de investigación, realizadas en verano y gracias al uso de un barco rompehielos. Según sus estudios, durante el siglo pasado el giro seguía un patrón cíclico y cambiaba de dirección cada 5-7 años y cuando giraba en el sentido contrario a las agujas del reloj se generaba una expulsión de hielo y agua dulce hacia el este del océano Ártico y el Atlántico Norte. Sin embargo, durante los últimos 12 años no ha habido ningún cambio de dirección y el Giro de Beaufort ha aumentado de tamaño y ha acumulado cada vez más hielo y agua dulce, que se produce por el propio deshielo y por la llegada de flujos de agua desde los ríos norteamericanos y rusos.

La mayor o menor fuerza del Giro de Beaufort está relacionada con las altas o bajas presiones atmosféricas. En el Ártico existe un patrón del clima llamado Oscilación del Ártico (AO, por sus siglas en inglés). Este patrón puede estar en una fase positiva (AO+) o en una fase negativa (AO-) y cada fase depende de la diferencia de presión entre el Ártico y las latitudes medias, que corresponden a la latitud de Montreal (Canadá) o de Burdeos (Francia). Cuando, como está sucediendo en estos tiempos, hay una predominancia de la fase AO-, que significa que la presión del aire en el Ártico es mayor que la presión de las latitudes medias, hay un fortalecimiento y expansión del Giro de Beaufort junto a un debilitamiento de la Deriva Transpolar, que se ve empujada hacia el este limitando la expulsión de hielo hacia el Atlántico y favoreciendo la recirculación del mismo en el interior del Ártico. En el mapa que sigue a continuación se observa la diferencia entre la situación "a", con una AO- y la "b", con una AO+, donde el Giro de Beaufort (BG) es más débil y la Deriva Transpolar (TPD) está más centrada y fortalecida.


El comportamiento actual del Giro de Beaufort puede estar relacionado con el calentamiento global y en concreto, con las altas temperaturas que se registran en el Ártico. Algunos científicos señalan que, debido al calentamiento y al deshielo, el agua dulce gélida que fluye hacia el norte del océano Atlántico desde la capa de hielo de Groenlandia, que se está derritiendo rápidamente, está formando un límite en el Atlántico Norte que produce una estratificación que obstaculiza la llegada de la Corriente del Golfo, una corriente que aporta calor a la superficie del océano. Los científicos dicen que esto puede estar inhibiendo la formación de ciclones que podrían causar que el movimiento del giro se debilite o se invierta temporalmente y que podrían cambiar la fase de la Oscilación del Ártico actual, AO-, a una AO+.

De todas maneras, tras la última expedición científica del pasado verano, los científicos han declarado que no descartan que el Giro de Beaufort no tarde mucho en debilitarse o cambiar de sentido, ya que el volumen de agua dulce no había aumentado desde la expedición del verano anterior y apreciaron que podría haber un posible cambio de la presión atmosférica a corto plazo. Según el oceanógrafo polar Andrey Proshutinsky, si esto sucediera, una liberación masiva de agua dulce fría en el Atlántico Norte, incluso si solo fuera del 5% de la que actualmente forma el giro, sería como una "bomba climática" que enfriaría temporalmente el clima de Islandia y norte de Europa, además de generar una situación dramática para la vida marina que tendría un gran impacto sobre la cadena alimentaria local e incluso global y una crisis económica principalmente sobre la industria pesquera, que actualmente se ve beneficiada por la contención que está haciendo el Giro de Beaufort. De hecho, desde finales de 1960 hasta la década de 1970 sucedió un evento similar, conocido como la Gran Anomalía de la Salinidad, en el que hubo una gran entrada de agua del océano Ártico en el Atlántico y representó una de las variaciones más persistentes y extremas en el clima oceánico global observada durante el siglo pasado, además de una serie de inviernos muy fríos en Europa y la interrupción de la cadena alimentaria del Atlántico Norte junto con el colapso de algunas industrias pesqueras. Para los científicos, si ahora hubiera un cambio en el Giro de Beaufort y una liberación de agua dulce en el Atlántico Norte, la situación sería más duradera y más severa que la que se experimentó con la Gran Anomalía de la Salinidad.


Como siempre, es de vital importancia tener una perspectiva global, planetaria, de cada situación que se analiza, por muy particular y específica que parezca. En este sentido, tanto el impacto de un aumento del deshielo de Groenlandia, con la consecuente obstaculización de la llegada de la Corriente del Golfo, como una posible gran liberación de agua dulce fría en el Atlántico Norte si se debilitara el Giro de Beaufort, provocarían un gran desequilibrio sobre el cinturón transportador oceánico o corriente oceánica termohalina, algo que afectaría al clima de todo el planeta e incluso podría iniciar una edad de hielo, algo que ya sabemos que está pronosticado por muchos científicos. Además, las altas presiones en el Ártico, que caracterizan el actual patrón AO-, debilitan la estabilidad y frenan la velocidad de la corriente Jet Stream, que marca y sostiene el límite entre el aire frío del Ártico y el aire cálido subtropical, lo cual provoca que esta corriente tenga un patrón más ondulado, con grandes vaguadas y crestas que permiten la bajada de vientos y tormentas polares hacia el sur, creando olas de frío y situaciones de duro invierno que normalmente afectan a Europa y al este de los Estados Unidos, así como la subida de corrientes templadas hacia el Ártico que potencian el deshielo y la sequía en zonas como Alaska, Canadá y Siberia, donde existe un gran peligro por el deshielo del permafrost. Las ondulaciones del Jet Stream también provocan que aumente la temperatura del agua en el norte de los océanos Atlántico y Pacífico, generando desajustes fenológicos y cambios en la cadena trófica que también afectan a los ecosistemas y aceleran la sexta extinción masiva.

Respecto a la posibilidad de una mini-edad de hielo, Alek Petty, un estudiante de posdoctorado del Goddard Space Flight Center de la NASA y de la Universidad de Maryland que estudia el Giro de Beaufort, declara: "No va a ser una escena de "El Día de Mañana" (la película en la que el clima de la Tierra se enfría radicalmente y hay una mini-edad de hielo). Pero el hecho es que simplemente no lo sabemos, simplemente no hay suficientes datos árticos para hacer predicciones firmes en un mundo donde el cambio climático, las corrientes oceánicas y las fuerzas atmosféricas interactúan de manera compleja".

Esta complejidad de la que habla Petty debería hacernos obrar con más respeto y cautela, sobre todo al estar experimentando la crisis planetaria actual y los cambios y desequilibrios que está habiendo en muchos lugares. En un informe anual sobre la salud del Ártico, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, que supervisa todas las investigaciones oficiales de los Estados Unidos en la zona, ya presentó el término "Nuevo Ártico", porque, tal como también ha declarado un grupo de científicos: "El Ártico, tal como lo conocíamos, ya no existe".
Mientras tanto, gracias al deshielo, va aumentando el tráfico marítimo, tanto comercial como turístico y ya se perfila una cada vez mayor presencia humana, con todo lo que desafortunadamente significa, en una de las zonas más prístinas y al mismo tiempo más importantes para el equilibrio planetario en todos los sentidos.




Fuentes:

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Eventos destacados del mes de diciembre

Publicado por David Arbizu

PREVISIÓN DE AUMENTO DE LA ACTIVIDAD SÍSMICA PARA EL 2018
Muchos estudios geológicos afirman que el promedio de terremotos por año es constante y que no hay un aumento de la actividad sísmica a nivel global. Sin embargo, a través de los informes mensuales de eventos planetarios que personalmente realizo desde el año 2014, mi percepción y lo que muestran dichos informes, es un continuo aumento de la cantidad de terremotos, especialmente de más de 5 grados en la escala Richter y que ese aumento es más notable a partir del año pasado. Lo que sí que está claro es que los terremotos son muy difíciles de predecir científicamente, aunque el registro sísmico permite detectar algunos patrones más o menos repetitivos. Además, los mapas de evaluación del peligro sísmico de las fallas que se estudian solo pueden dar estimaciones sobre la probabilidad de un terremoto teniendo en cuenta la sobrecarga que se considere que pueda tener una falla o una zona de fricción entre dos placas tectónicas.

A pesar de la gran dificultad para hacer predicciones sísmicas, el pasado mes de noviembre, los geólogos y sismólogos Roger Bilham, de la Universidad de Colorado en Boulder y Rebecca Bendick de la Universidad de Montana, presentaron un estudio en la reunión anual de la Sociedad Geológica de América donde señalan que a partir del próximo año, 2018, podría haber un aumento de la actividad sísmica del planeta, además de un incremento de los terremotos de 7 grados o superiores.

Para realizar su estudio, observaron los terremotos de magnitud 7 o superiores que ha habido en todo el mundo desde el año 1900 y comprobaron que, desde ese año, ha habido intervalos de tiempo espaciados donde el promedio habitual, de unos 15 terremotos de esa magnitud por año, se incrementaba llegando a registros anuales de entre 25 y 30 terremotos. Al analizar esos intervalos de tiempo comprobaron que había un patrón que relacionaba directamente ese incremento de la sismicidad con la disminución de la velocidad de rotación de la Tierra y que, desde el momento en que se detectó cada desaceleración de la rotación, se requería que pasaran entre cinco y seis años para que se iniciara ese incremento de la sismicidad, un incremento que, entonces, se mantenía durante cinco años.

Placas tectónicas del planeta

Los principales factores que influyen en la rotación de la Tierra son las mareas lunares, los cambios atmosféricos, la disminución de los casquetes polares y la dinámica del núcleo terrestre y su interacción con el manto y todo lo que forma el campo magnético del planeta, incluyendo su parte más externa donde se encuentra e interactúa con el viento y las partículas solares. También influyen otros factores, directamente relacionados con los anteriormente citados, como son el aumento del nivel del mar; los propios terremotos y movimientos de las placas tectónicas; los cambios en los patrones de las corrientes oceánicas; los cambios en los patrones de los vientos; el nivel de actividad solar y la mayor o menor llegada de rayos cósmicos; la actividad de los volcanes, como puntos de gran tensión y salida del magma y cualquier otro factor que también esté relacionado con la crisis planetaria que estamos experimentando como, por ejemplo, las grandes tormentas, las sequías y los incendios, porque todo está conectado, directamente relacionado.

Todos estos factores afectan lo que algunos científicos llaman la “dinamo” de la Tierra y ahora están provocando una ralentización de su actividad, que supone una tensión hacia el exterior del núcleo fundido del planeta que provoca una presión que se propaga a través de las rocas, las fallas y las placas que tiene por encima. Roger Bilham y Rebecca Bendick, los sismólogos autores del estudio, han calculado que se requieren de cinco a seis años para que esa tensión, esa energía enviada por el núcleo, irradie a las capas superiores del planeta donde ocurren los terremotos, lo cual significa que desde que se detecta una desaceleración de la rotación de la Tierra hay un plazo de cinco años para “prepararse” para ese aumento de la sismicidad.

Actualmente, gracias a los relojes atómicos, se puede medir la rotación de la Tierra con mucha precisión y la última vez que se detectó una desaceleración fue en el año 2011, lo cual significa que, según el patrón establecido en el estudio presentado, en el año 2018 empieza uno de los períodos de cinco años de incremento de terremotos, pudiendo llegar a una media anual de veinte o treinta terremotos potencialmente muy destructivos.
De hecho, en el último semestre de este año ya ha habido varios terremotos muy potentes que demuestran el inicio de ese período de alta sismicidad y entre los que destacan el terremoto de 7,1 grados que hubo el 19 de septiembre en México, el de 7,3 grados del 12 de noviembre en la frontera entre Irán e Irak y el de 7 grados del 19 de noviembre en el archipiélago de Nueva Caledonia.

Mapa del terremoto del 12 de noviembre en la frontera de Irán-Irak 

La rotación de la Tierra genera una fuerza centrífuga que es la responsable del achatamiento de los polos y del ensanchamiento del Ecuador. El Ecuador representa el punto más ancho del planeta y el que está rotando con mayor rapidez, así que, conforme se va desacelerando la rotación, el Ecuador es la zona donde se nota más la falta de velocidad y donde se crea una contracción, un encogimiento, que afecta directamente a las placas tectónicas. Por esta razón, el nuevo estudio manifiesta que la zona de mayor peligro, donde el aumento de los sismos puede ser más notable, está dentro de una franja delimitada por una latitud de 30º al norte y al sur del Ecuador. De hecho, el epicentro del terremoto que hubo del 12 de noviembre en la frontera de Irán e Irak ocurrió aproximadamente a 33º de latitud norte.

Se puede decir que parece que se avecina un año 2018 movido. Además de toda la información que nos transmite este estudio sobre el incremento de la actividad sísmica, estamos viendo que continúan habiendo grandes y devastadores incendios forestales, que actualmente afectan en especial a California, que continúa el deshielo de los polos, que también va aumentando la actividad volcánica, así como las grandes tormentas junto a las muy severas sequías y que se va configurando el fenómeno de La Niña, que en general es un patrón de frío y nos recuerda toda la información recibida sobre una mini-edad de hielo cuyo inicio algunos científicos ya pronosticaban para el principio del año 2018.

Esperemos que el próximo año también sea el de la implementación de políticas medioambientales que respeten el planeta, que limiten y controlen todas las actividades humanas que están deteriorando y desequilibrando la biosfera y acelerando la sexta extinción masiva y la crisis planetaria que estamos experimentando.  



Fuentes:

jueves, 30 de noviembre de 2017

Eventos destacados del mes de noviembre

Publicado por David Arbizu

LOS INCENDIOS SUBTERRÁNEOS
El año 2017 ya se considera uno de los años donde, a nivel planetario, ha habido mayor cantidad de incendios forestales y mayor cantidad de hectáreas quemadas. La crisis planetaria y en concreto, el calentamiento global, junto con el desequilibrio de todos los sistemas que forman parte y sostienen la biosfera, están provocando graves desajustes en los ciclos hidrológicos que causan fuertes y persistentes sequías. El constante aumento de las temperaturas, junto a esas condiciones de sequía extrema y la llegada de vientos más cálidos de lo normal, son los factores más importantes que facilitan el incremento de los incendios. Existen más factores que podríamos añadir y que tienen una relación directa con el hombre, con el Antropoceno, como, por ejemplo, la deforestación, los incendios provocados por accidentes fruto de la actividad humana y también los incendios intencionados, provocados por el hombre.

Hay un tipo de incendios que, en general, es poco conocido y del que los medios de comunicación no hablan, a pesar de que muchos expertos consideran que ocupan o “queman” mayores extensiones que los incendios forestales y de que una gran mayoría nunca son controlados ni mucho menos apagados; se trata de los incendios subterráneos.
Los incendios subterráneos se pueden iniciar por varias causas, como, por ejemplo, a partir de un incendio forestal en la superficie, por la caída de un rayo o también por una fuga de gas, tal como pasó hace 59 años en Chongqing (China), donde una exploración de petróleo perforó un pozo de gas natural y los trabajadores abandonaron el pozo sin controlar o reparar esa fuga de gas. En todo caso, para que se inicie una combustión y permanezca, es necesario un combustible y este combustible lo pueden formar dos tipos de biomasa: el que formarían capas gruesas de ramas de árboles o troncos, cuya quema tiende a ser más rápida y menos duradera y el que formaría la turba, que es un suelo rico en carbón creado a partir de la vegetación parcialmente descompuesta y anegada acumulada durante muchos años, incluso milenios y donde puede haber una “combustión espontánea de carbón”, algo que sucede cuando esas áreas subterráneas con grandes lechos de carbón, suficientemente cerca de la superficie, reciben el oxígeno necesario para generar una reacción química que produce calor y ese calor no se puede disipar adecuadamente iniciando lo que algunos expertos llaman “fugas térmicas donde se produce un incendio subterráneo”, incendios que normalmente no tienen llama o producen poca llama, aunque sí mucho humo y emisiones tóxicas.


Humaredas desde el incendio subterráneo de Jharia (India)

Se calcula que hay miles de incendios de carbón o, como también se les llama, “incendios de turba” y que se encuentran en todos los continentes menos en la Antártida. Son incendios muy difíciles de detectar y extinguir, que arden lentamente a baja temperatura, aunque pueden superar los 540ºC y que se extienden bajo la superficie y también hacia abajo, hacia el interior de la Tierra, pudiendo llegar a profundidades de cientos de metros siempre que les pueda llegar aire a través de las fisuras de las rocas o cualquier paso microscópico que pueda tener la tierra. Un incendio subterráneo puede arder durante años o incluso décadas sin mostrar señales en la superficie, aunque en algún momento creará señales de su existencia como el hundimiento y derrumbe del terreno debido a los huecos subterráneos generados por la combustión del carbón, que se convierte en ceniza, la salida de humo y el notable daño a la vegetación, que normalmente acaba muriendo dejando una zona árida y sin vida. Muchos estudios de ingenieros y geólogos han llegado a la conclusión de que la única forma de extinguir estos incendios es mediante la excavación total, pero es una solución de un coste muy elevado y que no se puede parar hasta que no queda ningún punto activo, ya que al excavar también se está alimentando el fuego con oxígeno y además muchas veces no es fácil situar con exactitud dónde está el incendio, ya que las salidas de gases y vapor pueden estar lejos del punto de combustión; incluso los satélites programados para detectar incendios forestales a alta temperatura fallan cuando se trata de incendios de turba debido a que estos no alcanzan la temperatura suficiente para ser detectados.

Los incendios subterráneos también representan una amenaza para el medio ambiente y para la salud pública. A través del humo llega a la atmósfera una mezcla tóxica de monóxido de carbono, dióxido de azufre y polvo de carbón, además de otras sustancias tóxicas como, por ejemplo, benceno, sulfuro de hidrógeno, mercurio y arsénico. Este humo tóxico contamina el aire y además agrava el cambio climático debido a la emisión de gases de efecto invernadero como el metano y el dióxido de carbono. Otra gran amenaza es que pueden provocar un incendio forestal en la superficie si alcanzan zonas de bosques o de suficiente vegetación donde haya las condiciones necesarias para que se inicie fácilmente un fuego. También, en algunos casos, los incendios amenazan poblaciones y carreteras, tanto por la contaminación como por la formación de grietas y agujeros que pueden llegar a ser de gran tamaño. Además, las sustancias tóxicas liberadas también llegan a los acuíferos contaminándolos y consecuentemente, contaminando los ríos y llegando a los océanos.

La actividad humana, especialmente desde el inicio del Antropoceno, ha provocado muchos de estos incendios que, en la mayoría de los casos, están relacionados con la minería. Debido a esta relación directa con la minería, los países donde hay más incendios subterráneos son Estados Unidos, que tiene las reservas de carbón más grandes del mundo y donde se calcula que hay más de 200 incendios subterráneos, China, India e Indonesia, donde la deforestación incontrolada se realiza quemando zonas boscosas y por lo tanto, provocando miles de incendios subterráneos.

Estos son algunos de los incendios subterráneos más importantes:
- Monte Wingen (Australia): Conocido como “Burning Mountain”. Se considera el incendio más antiguo del planeta. Lleva 6000 años ardiendo sin parar en una zona de Nueva Gales del Sur donde hay una gran veta de carbón. El incendio avanza un metro por año, está a una profundidad de 30 metros y hasta ahora ha cubierto una superficie de más de 6,5 km. El incendio ha causado un gran daño ecológico a la vegetación de la zona, dejando toda el área afectada sin rastros de vida.

Burning Mountain (Australia)

- Centralia (Pensilvania-Estados Unidos): Se considera que este incendio se inició en 1962, cuando unos trabajadores de saneamiento quemaron basura a las afueras de la ciudad de Centralia, sobre una antigua entrada de una gran mina de carbón, lo cual provocó que se encendiera el carbón subyacente. Durante unos 20 años, los bomberos intentaron apagarlo ocho veces utilizando diversas técnicas, pero el fuego siempre les superó. Al cabo de un tiempo de iniciarse el incendio, el monóxido de carbono se empezó a filtrar a través de los sótanos de las viviendas de la ciudad y muchos residentes comenzaron a desmayarse en sus casas. Otros problemas fueron que en algunos jardines y patios de viviendas se formaron agujeros y grietas, aumentó peligrosamente la temperatura de los tanques subterráneos de una gasolinera y una parte de una carretera principal se desmoronó y se formaron grietas desde donde salía el vapor. En 1985, un niño de 12 años se cayó en un orificio desde un patio y aunque se pudo salvar, esto fue como un detonante que hizo que la mayoría de la población decidiera abandonar la ciudad y que se aceptara la solución de dejar que se fueran quemando todas esas vastas vetas de carbón. Este incendio llega a profundidades de 100 metros y sigue emitiendo gases tóxicos y abriendo agujeros en la superficie. Se considera que puede seguir activo otros 250 años y tanto el gobierno federal como el estatal no están haciendo nada por apagarlo, en gran parte porque representaría un coste muy elevado.

Centralia (Estados Unidos)

- Chongqing (China): Este incendio comenzó hace 59 años cuando un equipo de exploración de petróleo perforó un pozo de gas natural y lo abandonó dejando gran parte del pozo sin explorar y permitiendo que hubiera emanaciones de gas que, desde entonces, han ido alimentando el fuego, que sale por unos pequeños orificios en un área de cuatro metros cuadrados. Los habitantes de la aldea cercana utilizan los fuegos para cocinar sin tomar precauciones por la toxicidad de las emanaciones. China es uno de los países con más incendios subterráneos debido a que en las zonas rurales se acostumbra a cavar a mano en busca de carbón para uso doméstico y cuando la cavidad se vuelve muy profunda se abandona, dejando la tierra perforada, llena de pequeños pozos por donde el aire llega hasta el carbón.

- Jharia (India): India es un país con una minería de carbón a gran escala y es donde hay la mayor concentración de incendios subterráneos, que han dejado amplias zonas con aguas y suelos contaminados y han forzado la reubicación de aldeas y carreteras debido al deterioro del suelo y al avance del fuego. En las minas de carbón de la ciudad de Jharia se registran incendios subterráneos desde 1916, que en muchas zonas han llegado a la superficie principalmente debido a las excavaciones mineras intensivas. A pesar de la alta toxicidad y de que hay muchos casos de personas con enfermedades pulmonares y otros problemas de salud, muchos habitantes de las poblaciones cercanas trabajan en las minas porque es su única fuente de subsistencia, aunque los que han podido hacerlo han abandonado la zona y muchos pueblos han desaparecido.

Jharia (India)

- Tablas de Daimiel (España): Las Tablas de Daimiel es un Parque Nacional situado en Ciudad Real calificado como Reserva de la Biosfera. Se trata de un humedal, un ecosistema que se denomina “tablas fluviales”, que se forma por el desbordamiento de los ríos debido principalmente a la falta de pendiente. En el año 2009, debido a la degradación del suelo, a la sequía y principalmente, a la sobreexplotación de su principal acuífero, junto con la falta de atención y mantenimiento por parte de los organismos oficiales, se encendieron incendios subterráneos en las turbas del parque. A principios del año 2010 se aprobó un trasvase desde el río Tajo, que no se finalizó gracias a la llegada de abundantes lluvias que sofocaron de forma natural los incendios y devolvieron las condiciones hídricas adecuadas para el sustento del humedal. En estos momentos, la situación vuelve a ser delicada debido a la sequía, a la pérdida de agua por evaporación y a la falta de control que sigue habiendo sobre la explotación de los acuíferos. Esto ha provocado que amplias zonas ya no estén inundadas y se tema que puedan volver a iniciarse los incendios subterráneos.

Si sigue el desequilibrio de los patrones climáticos del planeta, con un aumento constante y general de las temperaturas y de las severas sequías, cada vez habrá más incendios subterráneos. Hay que tener en cuenta que, cuando afectan zonas frías del planeta, como sucede en Alaska y Siberia, los incendios también facilitan un incremento del deshielo del permafrost, con todos los peligros que conlleva.
Aunque algunos incendios subterráneos son de origen natural, la actividad humana los intensifica y multiplica y son una muestra más de todo el daño y destrucción que se provoca al perforar la superficie del planeta para extraer todo tipo de materiales y de que en cualquier momento se puede perder el control sobre situaciones que pueden volverse muy peligrosas para la salud y supervivencia de los seres vivos de nuestro bello planeta.


Fuentes: