jueves, 14 de septiembre de 2017

Eventos destacados del mes de septiembre

Publicado por David Arbizu

LOS HURACANES: ¿CÓMO SE FORMAN? ¿CÓMO AUMENTAN SU POTENCIA? ¿CÓMO SE PREDICE SU RUTA? ¿QUÉ SUCEDE BAJO EL AGUA CUANDO ESTÁN EN MAR ABIERTO?
El principio de un huracán está en la formación de una perturbación climática u onda tropical, que es un fenómeno atmosférico que generalmente se forma sobre mares u océanos cuando se combinan el aire, un aumento de la temperatura del agua del mar y el calor de los rayos solares. Conforme va aumentando la fuerza del sistema atmosférico y, en especial, la velocidad del viento que lo forma, va cambiando de nombre y pasa por ser una depresión tropical, una tormenta tropical y, finalmente, un huracán o tifón.
Se considera que cuando la temperatura del agua del mar o del océano llega a los 26-27ºC, se inicia un proceso de evaporación facilitado por el aire o viento seco, que normalmente proviene del continente y el calor del Sol. Al evaporarse, el agua asciende atrayendo todavía más el calor de los rayos solares y toda esa energía térmica se va transfiriendo al aire. Ese vapor de agua transporta la energía hacia arriba, donde el aire es más frío, se condensa en forma de nubes y libera todo su calor elevando la temperatura del aire, que empieza a rotar ligeramente originando nubes cada vez más compactas y más altas.
 
Estas características necesarias para la formación de este sistema atmosférico se encuentran en las áreas tropicales, donde fácilmente se produce una situación de baja presión en la superficie del océano. El aire se eleva cada vez más rápido para llenar este espacio de baja presión, atrayendo a su vez más aire cálido de la superficie del mar. Este aire, en forma de vientos con determinadas direcciones debido a la rotación de la Tierra, hace que la tormenta gire sobre sí misma y tenga un desplazamiento este-oeste. Si permanece sobre el agua caliente, la tormenta tropical va creciendo y fortaleciéndose y también se va desplazando conforme aumenta la velocidad del aire que va siendo succionado desde el centro de la baja presión, de tal modo que puede llegar a convertirse en un huracán con vientos estructurados rotando a velocidades superiores a los 120 kilómetros por hora. El huracán se caracteriza porque tiene lo que se conoce como “ojo del huracán”, que es la parte central con condiciones más calmadas y donde la presión atmosférica es más baja. El ojo del huracán está rodeado de una banda nubosa, donde el aire se va enfriando a medida que se aleja del ojo. Toda la banda nubosa, formada por grandes espirales en continua rotación, está cargada con fuertes vientos y tormentas que provocan lluvias torrenciales y grandes descargas eléctricas.
 

La fuerza del huracán se mide según su categoría y para ello se utiliza la “escala Saffir-Simpson”, que fue creada para medir la fuerza de los huracanes en el continente americano pero ha acabado siendo utilizada, generalmente, como el sistema para categorizar los huracanes, ciclones y tifones. La escala Saffir-Simpson clasifica los huracanes según la intensidad del viento y describe los efectos y daños que pueden ocasionar teniendo en cuenta el oleaje y las inundaciones. Por ejemplo, esta es la descripción de un huracán categoría 5: Vientos superiores a 252 km/h. Daños destructivos en todo tipo de construcciones. Cortes de las vías principales. Árboles y postes derribados.
Quiero señalar que la palabra “huracán” se utiliza cuando este tipo de fenómeno atmosférico sucede en el Atlántico y en el noreste del Pacífico, cerca de las costas de América; cuando sucede en el Índico se utiliza la palabra “ciclón” y cuando es en el oeste del Pacífico, cerca de las costas de Asia y todas sus islas, se utiliza la palabra “tifón”.

Para predecir la formación, la intensidad y la ruta de un huracán, los meteorólogos se fijan primero en las tormentas que pueden potencialmente convertirse en huracanes. Actualmente tienen acceso a mucha información acumulada durante decenas de años sobre este tipo de fenómenos, pero la precisión a la que se ha llegado últimamente se debe a la tecnología y, en particular, a las imágenes que toman los satélites y a los datos que recogen los aviones especializados. De acuerdo con la NASA, trazar la ruta de un huracán depende de la precisión con la que se predicen los vientos en modelos computarizados y para ello es necesario que haya una precisión en el monitoreo y un seguimiento continuado.
A pesar de todos los avances tecnológicos, los expertos advierten que todavía es difícil predecir con 100% de exactitud la ruta que tendrá un huracán, ya que en cualquier momento puede bajar repentinamente su intensidad de maneras que la ciencia todavía no termina de entender.


Ahora ya estamos acostumbrados a las imágenes de los huracanes tomadas desde los satélites y también a los mapas meteorológicos donde se observa su situación, la posible trayectoria que puede seguir y su proceso de fortalecimiento o debilitamiento, pero quizás pocas personas se han hecho esta pregunta: ¿Qué sucede bajo el agua cuando un huracán está en mar abierto? La respuesta es que pueden suceder cosas positivas y cosas negativas. Los vientos del huracán soplan sobre la superficie del agua creando olas cada vez más grandes, que interaccionan más con el viento y siguen aumentando. Durante este proceso, bajo el agua se forman movimientos circulares bajo las olas y estos movimientos circulares, cuya potencia depende de la fuerza del viento al crear las olas, van creando círculos más pequeños, uno bajo el otro, formando movimientos orbitales conforme se internan profundamente. Para los peces que se desplazan lentamente, como el caballito de mar, los cangrejos o las tortugas marinas, estas olas y turbulencias pueden ser muy peligrosas, así como para otros seres cuyos hábitats se encuentran en zonas menos profundas, como es el caso de los corales, mientras que la mayoría de los peces y mamíferos marinos simplemente se apartan y se alejan del peligro.
En algunos casos, cuando hay huracanes muy potentes, estos movimientos orbitales pueden llegar al fondo del océano y entonces se aplastan y se forman movimientos horizontales que pueden tener gran envergadura y rapidez, levantar sedimentos e incluso mover objetos grandes como, por ejemplo, barcos hundidos. Al removerse el fondo del mar también se liberan muchos nutrientes que proporcionan una fuente de alimento para muchas formas de vida y fortalecen la cadena alimenticia.
Los movimientos orbitales provocan que se mezclen las aguas calientes de la superficie con las aguas frías de las profundidades consiguiendo que se refresque la capa más superficial del océano. Cuando esto sucede en zonas poco profundas da un alivio a los corales que pueden estar en peligro debido a las altas temperaturas, aunque, por otro lado, su supervivencia, así como la de otros animales como cangrejos, ostras, etc., se ve amenazada por la fuerza del oleaje.


En la imagen superior se observa el huracán Irma pasando por encima de la República Dominicana. Irma ha sido noticia durante toda la semana pasada, pocos días después de que otro huracán, el huracán Harvey, de categoría 4, causara gravísimas inundaciones en Texas y Luisiana. El huracán Irma llegó a categoría 5, considerándose un súper-huracán, llegó a tener un tamaño similar al de Francia y en su trayectoria por el Caribe arrasó varias islas con sus vientos sostenidos de casi 300 km/h., sus lluvias torrenciales y el gran oleaje provocado. También afectó con fuerza la península de Florida, aunque allí llegó debilitado a categoría 4 pero igualmente causando destrucción y graves inundaciones. Ambos huracanes dejaron decenas de muertos a su paso. 

Aunque se considera extraño que, en el Atlántico, un huracán pueda llegar a categoría 5, el cambio climático que está experimentando la Tierra favorece todas las condiciones para que se genere un huracán de estas dimensiones. Hay que tener en cuenta que las temperaturas del océano son cada vez más elevadas y que los patrones del viento sufren cambios y alteraciones, algo que también puede favorecer que el aire pueda elevarse sin encontrar flujos de viento cortantes que impidan su intensificación. Esa rápida formación facilita que lo que en principio es una tormenta tropical, que se forma frente a las islas de Cabo Verde (África), encuentre un largo camino a recorrer (la anchura del Atlántico) sobre aguas cálidas y sin encontrar masas de tierra que pudieran debilitarla.

El paso del huracán Irma por el Caribe y Florida nos dejó imágenes como la que sigue a continuación, donde se observa cómo ha desaparecido el agua de las playas y costas, como si el huracán la hubiera engullido.

Retroceso del mar en una de las playas de Tampa (Florida)

Este fenómeno sucede porque, al haber una presión atmosférica muy baja, el nivel del agua del mar sube en el centro del huracán y, por lo tanto, allí existe una gran atracción de agua. Si a esto añadimos la gran velocidad y potencia de los fuertes vientos del huracán moviéndose de forma circular en las zonas periféricas, nos encontramos con que en algunas costas los vientos empujan el agua en forma de gran oleaje hacia el interior provocando inundaciones, mientras que en otras desplazan el agua hacia el ojo del huracán, de manera que el agua va retrocediendo y deja una amplia zona sin agua, dando la sensación de que ha desaparecido. Tal como se pudo observar en las zonas donde sucedió esto, al cabo de varias horas el agua volvió sin hacerlo de forma violenta, ocupando de nuevo todo el espacio hasta la línea costera.

Esperemos que la formación de estos huracanes tan potentes no se vuelva habitual en el Atlántico ni tampoco en el Pacífico, a pesar de que en ambos océanos existen las circunstancias favorables para que se produzcan y al hecho de que, según los científicos, el cambio climático está haciendo que las tormentas sean cada vez más destructivas y que todavía quedan más de 2 meses para que finalice la temporada de huracanes del 2017, que acaba el 30 de noviembre en ambos océanos.


Fuentes:

jueves, 24 de agosto de 2017

Eventos destacados del mes de agosto

Publicado por David Arbizu

LA IMPORTANCIA DEL POLVO DEL SAHARA
El Sahara es el desierto más grande del mundo, ocupa una extensión casi tan grande como China o Estados Unidos y se extiende desde el mar Rojo hasta el océano Atlántico, llegando por el norte hasta las costas del mar Mediterráneo y quedando limitado, al sur, por la franja que se conoce como el Sahel, una zona con vegetación que separa el desierto de la sabana africana.

Esta enorme superficie, que ocupa gran parte del norte de África, no siempre ha sido desértica. De hecho, hace unos 7000 años era una zona donde dominaba la estepa seca y la sabana, donde se habían formado lagos y vías fluviales y donde habitaban elefantes, leones y un gran número de animales que ahora se encuentran en hábitats subsaharianos. También se han encontrado restos arqueológicos de grupos de pastores que frecuentaban las praderas y las riberas de los lagos y ríos. Entonces empezó una etapa de transición hacia el desierto árido que ahora conocemos, que finalizó aproximadamente hace unos 3000 años.


A nivel planetario, esta enorme extensión de arena, debido a que los vientos levantan y desplazan grandes cantidades de polvo, tiene grandes efectos sobre los patrones climáticos, sobre la biosfera, sobre grandes hábitats y ecosistemas, sobre los océanos y muchas formas de vida. Ya hace años que muchos investigadores científicos y meteorólogos han centrado sus estudios en lo que llaman “el ciclo global del polvo”, ya que se han dado cuenta de esta gran influencia e incluso dependencia que existe entre muchas zonas del planeta y el polvo del Sahara. Aunque existen otras zonas desérticas en el planeta, como el desierto de Gobi (norte de China) y la península Arábiga, desde las que también se forman estas corrientes o desplazamientos de polvo, la magnitud del Sahara, su ubicación y sus condiciones hacen que su influencia sea mayor y focalice el interés de los investigadores.

Muchos de los estudios realizados hasta ahora se han centrado en los efectos de las grandes corrientes de polvo sahariano, que también se han denominado “ríos atmosféricos de polvo del Sahara”, sobre la Amazonia y en todo el enorme trayecto que realizan esas inmensas corrientes de polvo elevadas por los vientos a la atmósfera y empujadas cruzando todo el Atlántico, algo que se ha podido observar y calibrar con gran precisión gracias a los trabajos realizados desde los satélites. Se calcula que, cada año, se desplazan unos 182 millones de toneladas de polvo desde el Sahara hacia el Atlántico y que, de esa cifra total, unos 27,7 millones de toneladas llegan y caen sobre la gran selva del Amazonas, aunque estas cifras son variables porque dependen de la cantidad de precipitación, de la fuerza de los vientos y otros factores.

La llegada del polvo del Sahara es vital para la vegetación de la selva y, por lo tanto, para la supervivencia de una gran cantidad de seres vivos que están vinculados a la salud de ese gran ecosistema. La gran importancia de la recepción del polvo del Sahara está en que llega cargado de nutrientes, sobre todo de fósforo y hierro, que son esenciales para que las plantas realicen la fotosíntesis. Hay que tener en cuenta que la Amazonia es un “sistema de lixiviación”, así que, aunque es muy productivo, las constantes lluvias arrastran continuamente los nutrientes y es imprescindible que haya una gran reposición para la vida de la selva tropical. Se podría decir que el polvo del Sahara es un gran fertilizante y compuesto de nutrientes que favorece el crecimiento de las plantas, su respiración, su carga energética y, principalmente, que puedan llevar a cabo la fotosíntesis.

Imagen del polvo del Sahara cruzando el Atlántico y llegando a la Amazonia

Para saber por qué el polvo del Sahara no es simplemente una acumulación de partículas diminutas de arena, de tierra o rocas erosionadas, sino un material cargado de nutrientes, tenemos que retroceder miles de años atrás, antes de que se empezara a desertificar. Especialmente hay una zona, llamada la Depresión de Bodele, situada en el norte del Chad,  donde antes había un enorme lago, cuyo remanente es el actual lago Chad. Este lago grandioso, que muchos científicos llaman “lago Megachad”, llegó a medir 400 000 km² (para hacerse una idea, la superficie de toda la Península Ibérica es de 582 000 km²), era mucho más grande que todos los Grandes Lagos de Norteamérica juntos. Hace miles de años este “lago Megachad” se secó y todos los animales que vivían en él murieron y sus restos se hundieron en su lecho formando sedimentos que ahora, debido además a que esa zona es uno de los lugares más ventosos del planeta, forman parte de esos ríos atmosféricos de polvo que atraviesan el Atlántico con todos los nutrientes y minerales que provienen de los huesos y las escamas de peces y otros organismos. Así que observamos una conexión más dentro de los patrones y sistemas de este maravilloso planeta, donde restos milenarios de peces, animales y otros microorganismos africanos están fertilizando la selva amazónica.


El polvo del Sahara es muy beneficioso para la selva del Amazonas, e incluso para los bosques de muchas zonas del Caribe donde también llegan esas partículas en suspensión. También se puede considerar beneficioso el aporte sobre los océanos, donde se calcula que llega un 26% de las partículas en suspensión que se elevan a la atmósfera. La llegada de nutrientes a las aguas marinas estimula la vida de los organismos fotosintéticos favoreciendo su crecimiento, las actividades de filtrado y purificación del agua y una mayor absorción de CO² de la atmósfera, aunque también puede estimular la expansión de las algas, algo que, debido al desequilibrio que sufren los océanos y vías fluviales por la actividad humana, provoca un crecimiento extremo de estos organismos favoreciendo la contaminación, la hipoxia (falta de oxígeno) y el deterioro de los hábitats marinos.

Estas partículas en suspensión también generan situaciones beneficiosas y perjudiciales en la atmósfera. Se sabe que, especialmente en muchos países de Europa y también del sureste asiático, las tormentas de polvo provocan el aumento de la contaminación en las ciudades. También en algunos países de Centroamérica se presta mucha atención a la llegada del polvo del Sahara, ya que se asocia con un aumento de problemas respiratorios e incluso cardiovasculares cuando las partículas en suspensión tienen un tamaño muy pequeño y pueden llegar a ingresar en el torrente sanguíneo.
Por otro lado, se podría considerar un efecto positivo el hecho de que estas partículas suspendidas forman aerosoles en la troposfera (la capa más inferior de la atmósfera) aumentando el reflejo de la radicación solar, actuando como agentes formadores de nubes y de condensación de agua y favoreciendo las precipitaciones, pero esos mismos aerosoles dificultan que el reflejo de los rayos solares que han llegado a la superficie del planeta alcance las capas superiores de la atmósfera y causan una respuesta en forma de otros reflejos que vuelven a dirigirse hacia la superficie. Otro efecto del polvo en suspensión es que dificulta la formación y desarrollo de ciclones tropicales y también debilita a los que ya están formados al impedir, de varias maneras, que se concentre la energía para su inicio y evolución.

Tormenta de polvo en dirección al sureste de Europa

Actualmente, las investigaciones se centran en las consecuencias de estos flujos de partículas en suspensión sobre los patrones climáticos teniendo en cuenta que estamos viviendo una crisis planetaria y que dichos patrones están cambiando, algo que también va a afectar las zonas desde donde se originan esos flujos de polvo. En el caso del Sahara, varios estudios establecen que, si continúa el aumento de la temperatura global de la Tierra, el Sahel será cada vez más verde y podrá extenderse hacia el norte gracias a un notable aumento de las precipitaciones en toda esa zona, un aumento que puede llegar a ser del 300% durante este siglo. Cuanta más lluvia, e incluso inundaciones, menos polvo podrá ser arrastrado y elevado por los vientos, lo cual representa un menor aporte de nutrientes a la Amazonia, que podría entrar en un grave desequilibrio.

Una vez más observamos cómo todo está interactuando y la salud de la biosfera y de los patrones y sistemas que la mantienen depende de cada una de estas conexiones. Tal como dice el director de una de las principales investigaciones realizadas sobre el “ciclo global del polvo”, Hongbin Yu, de la Universidad de Maryland y miembro del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA: “Este es un mundo pequeño y todo está conectado”.



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miércoles, 16 de agosto de 2017

Eventos destacados del mes de agosto

Publicado por David Arbizu

LA INTELIGENCIA DE LAS PLANTAS
¿Las plantas piensan? ¿Los seres del mundo vegetal tienen conciencia y son inteligentes? ¿Los árboles tienen capacidades para tomar decisiones?
Quizás preguntas tan sencillas como estas, seguro que junto a otras más complejas, dieron pie a una serie de trabajos e investigaciones científicas que, en gran medida, empezaron a principios de este siglo y que, a día de hoy, siguen aportando datos y estudios muy interesantes sobre el comportamiento de las plantas y, en particular, sobre todo lo relacionado con su inteligencia y lo que algunos científicos han llamado la “red cerebral”, que les permite reaccionar, recordar, tomar decisiones y ser conscientes de su propia naturaleza y del medio ambiente que las rodea.

Gracias a estos estudios realizados por algunos botánicos surgió el término “neurobiología vegetal” y también, por supuesto, apareció la reacción de una parte de la comunidad científica contraria a estas teorías y estudios. Los científicos que defienden y trabajan en la neurobiología vegetal sostienen que los seres que forman el mundo vegetal son seres inteligentes, con una neurobiología propia que les permite tener una conciencia sofisticada del ambiente en el que se encuentran, de los otros seres con los que lo comparten, de cómo desarrollar cada una de sus actividades para relacionarse con su entorno para sacar el máximo beneficio, un entorno que está continuamente cambiando mientras que ellas, las plantas, son seres sin movilidad. Muchos expertos expresan que es justamente esa inmovilidad la que las ha llevado a desarrollar una biología sorprendente para poder desarrollarse y sobrevivir y que se podría considerar que la planta completa sería análoga a un cerebro.


Aunque se considera que el cerebro es la parte dominante en animales complejos, algunos animales que no tienen cerebro, como los caracoles, las medusas y las estrellas de mar, han demostrado que tienen procesos de aprendizaje y toma de decisiones y, al igual que sucede con las plantas, son las neuronas las que permiten ese aprendizaje, esa actividad o reacción, esa memoria y lo que sucede es que esas neuronas se encuentran dispersas por todo el ser en lugar de estar más concentradas en un órgano o en un punto central. De esta forma, diferentes partes de la planta procesan o almacenan información ya sea celular, fisiológica o del entorno y la pueden enviar a través de señales químicas a otras partes de la planta generando una comunicación y un intercambio de esa información. Aunque todavía no está claro cómo se producen esas señales, que se podrían comparar con el funcionamiento del sistema nervioso del ser humano, sí que se sabe que esa emisión y recepción le permite a la planta conocer las situaciones que experimenta en diversos puntos de su ser, en qué condiciones se encuentra y qué limitaciones, agresiones y peligros está afrontando o va a tener que afrontar.
Uno de los primeros experimentos enfocados en la neurobiología vegetal, que se realizó hace casi medio siglo y fue parte del inicio de todos los estudios posteriores, sirvió para demostrar que el daño generado por insectos en hojas de plantas de tomate y patata inducía una rápida acumulación de un compuesto de defensa en las hojas dañadas y que ese compuesto, inesperadamente, también se generaba en las hojas cercanas no dañadas de la misma planta.


La neurobiología vegetal es un tema de máxima actualidad que está despertando un gran interés a nivel general. Son muchos los científicos y universidades que han realizado investigaciones para demostrar todas estas capacidades de las plantas, su inteligencia, su nivel de conciencia, sus diversas acciones y reacciones para adaptarse a su entorno. Se ha constatado que tienen mayor actividad bajo la superficie, algo que también nos asombra ya que estamos acostumbrados a hacer valoraciones sobre lo que podemos observar con la vista. Una de las capacidades que especialmente llama mucho la atención es la de relacionarse con otras plantas y, aunque a veces puede haber un rechazo o una lucha subterránea por la conquista de un espacio o por el crecimiento, los estudios realizados demuestran que domina la cordialidad, la comunicación y una predisposición a ayudarse mutuamente demostrando incluso ciertos grados de altruismo.

Uno de los neurocientíficos más conocidos, considerado una de las máximas autoridades en neurobiología vegetal, es Stefano Mancuso, que trabaja en la Universidad de Florencia. Él ha realizado muchas investigaciones y también conferencias para transmitir todo el potencial, todas las cualidades del mundo vegetal. Stefano Mancuso usa el concepto de “Inteligencia vegetal” para referirse a las respuestas de las plantas frente a los cambios de su entorno, tal como él mismo declara: "Pueden resolver un problema, que es mi definición de inteligencia”. 
Según Mancuso: “Las plantas pueden producir una señal eléctrica con todo su cuerpo. No tienen nada similar a nuestro cerebro, pero sí raíces. El aparato de la raíz es un sistema muy complejo, una sola planta puede tener literalmente millones de raíces y cada raíz tiene su propio centro de mando, donde integran toda la información que captan del ambiente y deciden qué hacer. El conjunto de todos estos millones de pequeños centros de mando podría ser descrito como un tipo de cerebro. Por supuesto, estoy hablando metafóricamente, no es un cerebro, pero sí ejerce la misma función de una manera completamente diferente al nuestro”. Este neurocientífico también explica que, gracias a este procesamiento descentrado, las plantas son mucho más sensibles y tienen más sentidos que los animales, algo que las hace seres conscientes, tal como él lo define: “En este sentido, las plantas son organismos conscientes. Cualquier planta conoce exactamente cómo es el mundo físico que la rodea y es capaz de detectar los cambios en otros organismos a su alrededor como, por ejemplo, de otras plantas. Son capaces de cambiar su fisiología para contrarrestar el cambio y sobrevivir”.
Esta interacción con los otros seres de su entorno es muy especial cuando hay que luchar por el territorio y, en este sentido, se ha constatado que pueden competir con otro tipo de plantas y especies e incluso con seres de su misma especie si no son parientes, aunque, por otro lado, no compiten si son parte del clan, sino que comparten el territorio de una forma amistosa.


Uno de los experimentos realizados por Mancuso que demuestra esa interacción y también un grado de altruismo es el que se hizo en un bosque de abetos de Canadá, donde había una gran conexión entre todos los árboles. La prueba consistió en impedir que a uno de los abetos le llegase agua y entonces observaron que ese abeto, que era incapaz de recibir agua, sobrevivió durante muchos años gracias a la ayuda de sus compañeros. En otra prueba se descubrió que el daño causado por insectos a las hojas de unos álamos generaba una respuesta de defensa en esos árboles y también en otros árboles cercanos de otra especie, revelando entonces un desconocido mecanismo de comunicación entre todos ellos. En otras palabras, los álamos que estaban siendo devorados podían “avisar” a otros árboles o plantas para que se prepararan para un ataque inminente.
También se ha comprobado que, cuando son atacadas, las plantas saben buscar aliados dentro del mundo animal. Varias investigaciones han demostrado que cuando un insecto, larva o parásito está alimentándose de una planta, esta produce y emite compuestos químicos en el aire que atraen a otros insectos depredadores del que la está atacando. Además, las plantas son capaces de controlar esa liberación química según la naturaleza del ataque que sufren y con toda la intención de manipular el cerebro de los animales.

La alta sensibilidad de las plantas les sirve para todas las funciones que forman parte de su existencia. Por ejemplo, su sentido del olfato es muy importante para que maduren los frutos y, si las frutas de un árbol maduran de una manera armoniosa se debe, en parte, a que cuando una fruta madura libera al aire una hormona que indica a las demás que también maduren. 
También es muy importante su sentido del oído. Se cree que las plantas reaccionan positivamente a la música clásica, pero en la naturaleza sus reacciones están vinculadas a energías u ondas acústicas relacionadas con su supervivencia. En la Universidad de Missouri grabaron los aparentemente inaudibles sonidos que se producen cuando una oruga come las hojas de una especie de planta. Después dejaron en silencio a esa primera planta, utilizada para la grabación y reprodujeron el sonido grabado en una sala donde había otra planta igual. A ambas plantas les dieron 48 horas para responder al ataque y entonces descubrieron que las hojas de ambas plantas, tanto de la planta que había recibido el ataque real como la del ataque simulado, produjeron glucosinolatos, que es un químico desagradable para los insectos. Esto demostró que las vibraciones sonoras cambiaron el metabolismo de la planta para que creara químicos para repeler el ataque.
Las plantas también ven, aunque no tengan ojos, pero gracias a moléculas fotorreceptoras perciben la luz, la pueden interceptar, usar y reconocer su cantidad y calidad; es algo que requieren para sacar el mayor partido a la energía solar. Las plantas también huelen y lo hacen con todo su cuerpo. Tienen miles de células receptoras que detectan los compuestos orgánicos volátiles y, como también son emisores de estos compuestos, esta es una de las principales vías de comunicación dentro del mundo vegetal y también entre plantas y otros animales, como hemos visto antes en esa “llamada química” a depredadores de los animales que las puedan estar atacando. Otros sentidos muy desarrollados son el de reconocer sabores, el del tacto, el de sentir la humedad y el de detectar las sustancias de las que se alimentan.

Otra capacidad importante de las plantas es la memoria, ya sea a corto, medio o largo plazo. Un ejemplo de memoria a corto plazo es el de la especie “Venus atrapamoscas”, que necesita que un insecto toque sus dos sensores para cerrarse y atraparlo y, pasados 20 segundos de la señal de un sensor, la olvida, olvida haber recibido ese impulso eléctrico. Un ejemplo de memoria a medio plazo se relaciona con las plantas que recuerdan que cuando pasa el invierno les llega el momento de florecer y producir semillas y un ejemplo de memoria a largo plazo sería transmitir información para generar alteraciones a nivel genético y que nuevas generaciones de la especie nacieran más preparadas para sobrevivir en su entorno habitual.

Imagen de la Venus Atrapamoscas

De toda la información que está llegando gracias al trabajo de los neurocientíficos, quizás la más sorprendente e interesante es la que se refiere a la interrelación y comunicación entre plantas a través de sus raíces, algo que forma grandes redes subterráneas que son vitales para la vida y desarrollo de las plantas y donde la colaboración es primordial. Esta red subterránea se llama “red de micorrizas” debido a que se ve potenciada por la acción simbiótica que se genera entre los hongos y las raíces de los árboles, una relación donde todas las partes salen beneficiadas y se transfieren y comparten nutrientes y minerales. Hay que tener en cuenta que estamos acostumbrados a considerar que los hongos son la parte que vemos sobre la superficie de la tierra, pero eso solo es su órgano o parte sexual y bajo tierra puede haber grandes extensiones de filamentos formando parte de un solo hongo.

La profesora Suzanne Simard, de la Universidad British Columbia, es una de las personas que ha estudiado con más profundidad todo este gran sistema subterráneo, donde los árboles intercambian carbono entre ellos, aunque no sean de la misma especie, para poder elaborar la savia (azúcares procesados) al procesarlo con el agua y las sales minerales. Ella explica que en este intercambio es donde entran en juego los hongos, que reciben azúcares de los árboles y a cambio los abastecen de nutrientes y facilitan las conexiones de los árboles entre sí. De esta forma, en una comunidad natural, las plantas están interconectadas entre todas ellas gracias a que los hongos llamados “micorrícicos” se asocian con los árboles y plantas sin importar que sean de especies diferentes. Algunos investigadores han llamado “el internet de las plantas” a toda esta red de conexiones.
Suzanne Simard explica: “La mayoría de los sistemas vegetales crecen sobre esta asociación simbiótica en la que el hongo suministra a la planta compuestos inorgánicos, como nitrógeno o fósforo, que esta necesita para nutrirse y crecer y la planta aporta al hongo azúcares resultantes de la fotosíntesis”; ella llama “sabiduría del bosque” a toda esta red de asociaciones, comunicaciones e intercambio, cuyas raíces y filamentos pueden llegar a ser kilométricos y que, además, se han detectado en todos los sistemas climáticos.


Algunos estudios han demostrado cómo se producen estas colaboraciones entre árboles de distintas especies. En su tesis de doctorado, Suzanne Simard presentó un estudio sobre la relación entre abedules y pinos de Oregón, especies muy lejanas genéticamente pero que crecen juntas de forma natural. Ella observó que estas dos plantas, una conífera y otra latifoliada, estaban altamente conectadas por la red de micorrizas y que se habían desarrollado interesantes patrones en la dirección del flujo subterráneo de recursos. Como, en invierno, el abedul pierde sus hojas pero el pino de Oregón las mantiene, durante esa época el pino de Oregón le envía azúcar al abedul para apoyarlo en sus funciones básicas y luego, cuando llega la primavera, el abedul se activa formando su vigoroso follaje y sus recursos fluyen hacia el pino de Oregón.

Todos estos interesantes y valiosos estudios que nos llegan desde la neurobiología vegetal tienen que servir para que comprendamos la magnitud, complejidad y esplendor del mundo vegetal y aprendamos a convivir con las plantas, con los bosques, sabiendo que son seres y sistemas vivos y que bajo nuestros pies hay vida, hay comunicación, hay sistemas interactuando que deben ser respetados. Particularmente considero que, si existen todas esas redes con todas esas capacidades, seguro que las plantas, como seres vivos con su propio campo electromagnético, detectan las líneas de energía, los meridianos de la Tierra o Líneas Ley, que muchas veces coinciden con vías fluviales, con acuíferos y, por lo tanto, existe una conexión energética beneficiosa para el mundo vegetal y para el planeta, una gran conexión de ámbito planetario.

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sábado, 29 de julio de 2017

Eventos destacados del mes de julio

Publicado por David Arbizu

VERTIDOS DE ARMAS Y AGENTES QUÍMICOS EN LOS OCÉANOS TRAS LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

En mi anterior artículo explicaba el gran problema y peligro de los residuos nucleares que hay en los océanos, sobre todo en relación con los vertidos que se hicieron tras la Segunda Guerra Mundial utilizando los océanos como si fueran un vertedero enorme donde se podía echar de todo sin que hubiera consecuencias. En este artículo quiero hablar de los vertidos químicos en los océanos y, en particular, de las armas químicas que “sobraron” tras la Primera y Segunda Guerra Mundial. Nos encontramos con una situación similar o incluso más aberrante que con los residuos nucleares, con vertidos incontrolados, hundimiento de barcos repletos de armamento de todo tipo, cargados de bidones de gases venenosos y una situación calificada de “muy grave” que hasta la actualidad no parece tener una solución viable, pero que durante todos estos años ya ha ido dando avisos de su peligrosidad con los accidentes que ha habido y que han afectado sobre todo a pescadores que han recogido, sin querer, armas y contenedores con fugas tóxicas y casi mortales que han causado muchos heridos en muchas partes del mundo.

Aunque en la historia de la humanidad anterior a la Primera Guerra Mundial ha habido algunos conflictos donde se considera que se utilizó algún tipo de dispositivo o arma química, la evolución y masificación coinciden con la evolución de la industria química que hubo a principios del siglo XX, una época en la que Alemania destacaba por su potente industria química, lo cual favoreció que desde el inicio de la Primera Guerra Mundial se desarrollaran los proyectiles y bombas de dispersión. Los “agentes de armas químicas” (CWA, por sus siglas en inglés) incluyen los denominados “vesicantes o causantes de ampollas” (como el gas mostaza o la lewisita), los gases lacrimógenos, los gases asfixiantes o irritantes pulmonares (como el fosgeno o el cloro), los gases lacrimógenos y los gases nerviosos (como el sarín o el tabún).

Después de la Primera Guerra Mundial, en la que se calcula que murieron casi 90 000 soldados por los ataques con gas mostaza, se celebró la Convención de Ginebra (1925), donde se acordó la prohibición del uso de armas químicas y que los países harían todos los esfuerzos posibles para que otros estados firmaran el acuerdo. A pesar de este acuerdo, que se suponía que tenía un ámbito internacional, Estados Unidos no lo firmó hasta 1975, otros países como Irak, Angola, Somalia y Myanmar lo hicieron hace muy pocos años, Israel lo ha firmado pero no ratificado y, por último, Corea del Norte, Egipto y Sudán del Sur todavía no lo han firmado. Tras la Convención de Ginebra, también llamada Protocolo de Ginebra, se realizaron otras convenciones, en 1972 y 1993, donde se reforzaron los acuerdos llegando a prohibir la fabricación, almacenaje, cualquier trato comercial y el vertido de armamento químico en los océanos, también se exigía su destrucción. Otros países han visto cómo se destruía su arsenal químico debido a acuerdos de otras potencias que intervenían en sus conflictos armados, como es el caso de Siria y el acuerdo entre Estados Unidos y Rusia del año 2014 para llevarlo a cabo.

Vertido de bidones-contenedores de gas mostaza al océano Atlántico

Como es fácil de imaginar, después de los acuerdos del Protocolo de Ginebra, ningún país cumplió lo acordado y todos siguieron con sus planes para el desarrollo y fabricación de armas químicas, algo que quedó claro al estallar la Segunda Guerra Mundial, donde también fueron utilizadas por la mayoría de los países involucrados. Con el final de la guerra, en 1945, muchos países tenían arsenales masivos de armas químicas y se encontraron con el problema de que los científicos no sabían cómo destruirlas, así que, al igual que pasó con los residuos radiactivos, se decidió que el método más seguro y barato era arrojarlas al océano. Solo entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico se considera que hay más de un millón de toneladas de armas químicas. Al igual que sucede con los residuos nucleares, la parte del océano Atlántico más afectada es la europea, en concreto el mar Báltico, aunque Estados Unidos también realizó vertidos en el Golfo de México, donde se arrojaron miles de bombas no detonadas. En el océano Pacífico también hay varios puntos donde se vertieron armas químicas o donde hay barcos hundidos por los bombardeos. Se calcula que en una bahía de Hawái hay unas 45 000 bombas o proyectiles de gas mostaza y 1200 contenedores de una tonelada de gas mostaza y Lewisita. En las aguas costeras y en los lagos interiores de Japón hay, como mínimo, 4900 toneladas de gases dentro de artefactos o contenedores. Por su parte, la Unión Soviética arrojó miles de toneladas en el océano Ártico y, aunque no se han proporcionado registros de las cantidades vertidas, la actual Rusia ha admitido que al menos fueron 160 000 las toneladas que puede haber en el fondo de los mares rusos que pertenecen al océano Ártico.

Todas las operaciones de vertido tenían unas reglas no escritas que recomendaban arrojar los desechos a más de 10 millas de las costas y a profundidades mínimas de 3000 metros, pero en la mayoría de los casos no se cumplían estos parámetros y las cargas se arrojaban al océano en cuanto se consideraba que ya se había alcanzado una distancia suficientemente apartada de la costa. Por lo tanto, de nuevo nos encontramos con muy pocos datos fiables sobre la ubicación de todo este armamento, así como sobre las cantidades vertidas, además de que algunas veces se hundieron barcos que se habían cargado con municiones de todo tipo para deshacerse con rapidez de gran cantidad de material junto a embarcaciones obsoletas.

Armas dentro de una embarcación hundida

A finales de 2012, Terrance Long, fundador de la conferencia de municiones submarinas, declaró: “Mientras que la práctica de lanzar bombas y armas químicas en el océano, incluyendo el gas mostaza y el gas nervioso, terminó hace 40 años, algunos efectos están apenas comenzando a ser vistos” y añadió: “Se pueden encontrar municiones en básicamente cada océano alrededor del mundo, cada mar, lago y río principales. Son una amenaza para la salud humana y el medio ambiente”. Quiero aprovechar estas declaraciones para introducir el concepto de “UXO”, que son las siglas de “Unexploded ordnance”, que significa “munición sin explotar”. Algunos países han designado las zonas donde hay artefactos explosivos sin detonar, pero no existen programas realmente enfocados a afrontar la situación en busca de una solución definitiva, posiblemente porque no la hay, tal como declaró el biólogo Nicola Ungaro, que trabaja para una agencia ambiental que asesora al gobierno italiano: “Obviamente, la opción de quitar las bombas químicas del mar sería la mejor, porque así evitaríamos cualquier problema en el mar. Pero el problema sería lo que sucedería una vez que las bombas estén en tierra. Me refiero a la zona donde se eliminan. Al final, moverlas podría provocar un escenario peor con fugas de sustancias y esto podría ser peor que simplemente dejarlas en su lugar”. Otros expertos también señalan que las operaciones de limpieza de todas esas toneladas de contenedores y bombas sería muy costosa y requeriría una gran cantidad de tiempo y de personal, razones por las que los gobiernos prefieren dejarlas donde están.

A pesar de todo, desde finales del siglo pasado se han puesto en marcha programas para el estudio y monitoreo de los principales lugares con alta concentración de UXO y, en concreto, de armas químicas. Por ejemplo, el proyecto Chelsea se puso en marcha para buscar y evaluar las municiones químicas en la zona del mar Báltico, algo que se llevó a cabo entre 2011 y 2014. Otro proyecto, el de “Monitoreo de Municiones Descargadas” (MODUM, por sus siglas en inglés) estableció una red de monitoreo para observar los vertederos del mar Báltico utilizando vehículos submarinos; este proyecto finalizó en 2016 aportando gran cantidad de información fiable y detallada. Actualmente existen proyectos en Europa, con la participación de la mayoría de países y también en Estados Unidos y Australia, enfocados al estudio, monitoreo, evaluación de riesgos y búsqueda de posibles soluciones científicas para este enorme problema de carácter planetario. Por desgracia, de momento no hay soluciones factibles para retirar y destruir todas estas acumulaciones de enormes cantidades de explosivos y materiales tóxicos que algún día podrían producir una tragedia de consecuencias imprevisibles si hay una explosión o una corrosión masiva que libere grandes cantidades de estas sustancias químicas letales en un plazo de tiempo reducido. Para hacerse una idea y hablando solo de la zona del mar Báltico, si solo una de las municiones de cualquier tipo explotase, se desencadenaría una reacción en cadena que causaría una catástrofe en toda la costa del Báltico comparable a la de Chernóbil. Y dicho con otras palabras: La propagación de solo una sexta parte de las 50 000 toneladas de municiones que hay en el mar Báltico arruinaría todo su hábitat durante todo un siglo.

Mapa con los lugares donde existen concentraciones de diversos tipos de armamento 

Desde que se realizaron todas esas descargas y vertidos masivos, ha habido muchos accidentes en diversos lugares del planeta, muchos relacionados con el gas mostaza, que cuando se fuga de las armas o de los contenedores se incrusta en los sedimentos del suelo marino, en la piel de los peces, en las propias partes rotas de los contenedores e incluso en las redes de pesca. Destacan las noticias que informan de pescadores que han sufrido quemaduras en toda la piel y los ojos, especialmente frente a las costas italianas y en todo el mar Báltico y también las noticias relacionadas con el número de casos de cáncer de piel y pulmón, que se incrementó considerablemente desde mediados de los años noventa entre los pescadores suecos que faenaban entre las islas de Bornholm y Gotland, que están situadas en la costa sur de Suecia y donde se realizaron grandes descargas y vertidos. Algunos expertos señalan que, debido a las enormes cantidades de munición, tóxicos y todo tipo de contaminantes, se puede considerar que “tenemos la suerte de que no haya muchos más accidentes y situaciones realmente alarmantes y letales”. Para hacerse una idea de esas “enormes cantidades”, solo en el mar Báltico las autoridades reportaron, entre los años 1995 y 2000, el hallazgo de 11,3 toneladas de explosivos convencionales encontrados por pescadores.

Otro gran peligro que existe es el de la actividad de perforación de la industria petrolera en zonas donde hay altas concentraciones de todo tipo de municiones y armas químicas. De momento no ha habido accidentes por el hecho de perforar el fondo marino junto a todo tipo de bombas, pero este es otro caso donde seguramente también podemos hablar de suerte. Un ejemplo es el de la compañía BP, que en el año 2011 cerró su principal oleoducto de crudo en el mar del Norte durante cinco días mientras eliminaba una gran mina alemana sin explotar encontrada descansando cómodamente junto al oleoducto que transporta hasta el 40 por ciento de la producción de petróleo del Reino Unido. Otro ejemplo es el de las compañías BP y Shell, que en el año 2001 encontraron los restos del submarino U-166, un submarino alemán de la Segunda Guerra Mundial, a 45 millas de la desembocadura del río Mississippi durante una prospección submarina para instalar un gasoducto necesario para transportar gas natural a la costa. Las compañías no son ajenas a este problema y sus graves riesgos, que se multiplican en el Golfo de México, pero en general lo ignoran y siguen con sus actividades sin realizar prospecciones más rigurosas o desestimar perforar en zonas con alto riesgo de accidentes.

Para finalizar, comentar que hasta la actualidad se han seguido utilizando armas químicas en muchos conflictos de todo el mundo y las naciones no han cumplido sus acuerdos. Los ejemplos más conocidos son los de la utilización del gas napalm y el agente naranja por parte de Estados Unidos en su guerra con Vietnam, los gases químicos utilizados durante la Guerra Civil española, los gases químicos utilizados en la guerra entre Irán e Irak y el uso de fósforo blanco por parte de Israel, en 2008, contra la población de Palestina.
Quizás la noticia más actual relacionada con las armas químicas es el acuerdo de destrucción de todo el arsenal químico de Siria, una acción que empezó en el año 2013 y acabó el año pasado, 2016, después de la intervención de varios países y el transporte de todo el armamento a unas instalaciones en Texas (Estados Unidos), donde fue destruido. A pesar de esta destrucción, incluso durante este año, 2017, ha habido noticias de bombardeos con armas químicas en diversas zonas de Siria.

Lo que queda claro es que si todavía existen armas químicas es que alguien las fabrica y, por lo tanto, las vende y suministra, todo ello a pesar de la existencia de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), que se fundó en 1997 y es el organismo encargado de la aplicación internacional de la Convención sobre Armas Químicas. Esta es una cuestión más a añadir a todas las que demuestran esa falta de conciencia del ser humano que supone el abuso y destrucción de muchas partes del planeta, de muchos seres vivos, humanos incluidos, un nivel de conciencia donde no entra el aprendizaje fruto de los errores ya cometidos y que nos ha conducido hasta la crisis planetaria junto con la sexta extinción masiva que ahora estamos experimentando.


Fuentes: