miércoles, 16 de agosto de 2017

Eventos destacados del mes de agosto

Publicado por David Arbizu

LA INTELIGENCIA DE LAS PLANTAS
¿Las plantas piensan? ¿Los seres del mundo vegetal tienen conciencia y son inteligentes? ¿Los árboles tienen capacidades para tomar decisiones?
Quizás preguntas tan sencillas como estas, seguro que junto a otras más complejas, dieron pie a una serie de trabajos e investigaciones científicas que, en gran medida, empezaron a principios de este siglo y que, a día de hoy, siguen aportando datos y estudios muy interesantes sobre el comportamiento de las plantas y, en particular, sobre todo lo relacionado con su inteligencia y lo que algunos científicos han llamado la “red cerebral”, que les permite reaccionar, recordar, tomar decisiones y ser conscientes de su propia naturaleza y del medio ambiente que las rodea.

Gracias a estos estudios realizados por algunos botánicos surgió el término “neurobiología vegetal” y también, por supuesto, apareció la reacción de una parte de la comunidad científica contraria a estas teorías y estudios. Los científicos que defienden y trabajan en la neurobiología vegetal sostienen que los seres que forman el mundo vegetal son seres inteligentes, con una neurobiología propia que les permite tener una conciencia sofisticada del ambiente en el que se encuentran, de los otros seres con los que lo comparten, de cómo desarrollar cada una de sus actividades para relacionarse con su entorno para sacar el máximo beneficio, un entorno que está continuamente cambiando mientras que ellas, las plantas, son seres sin movilidad. Muchos expertos expresan que es justamente esa inmovilidad la que las ha llevado a desarrollar una biología sorprendente para poder desarrollarse y sobrevivir y que se podría considerar que la planta completa sería análoga a un cerebro.


Aunque se considera que el cerebro es la parte dominante en animales complejos, algunos animales que no tienen cerebro, como los caracoles, las medusas y las estrellas de mar, han demostrado que tienen procesos de aprendizaje y toma de decisiones y, al igual que sucede con las plantas, son las neuronas las que permiten ese aprendizaje, esa actividad o reacción, esa memoria y lo que sucede es que esas neuronas se encuentran dispersas por todo el ser en lugar de estar más concentradas en un órgano o en un punto central. De esta forma, diferentes partes de la planta procesan o almacenan información ya sea celular, fisiológica o del entorno y la pueden enviar a través de señales químicas a otras partes de la planta generando una comunicación y un intercambio de esa información. Aunque todavía no está claro cómo se producen esas señales, que se podrían comparar con el funcionamiento del sistema nervioso del ser humano, sí que se sabe que esa emisión y recepción le permite a la planta conocer las situaciones que experimenta en diversos puntos de su ser, en qué condiciones se encuentra y qué limitaciones, agresiones y peligros está afrontando o va a tener que afrontar.
Uno de los primeros experimentos enfocados en la neurobiología vegetal, que se realizó hace casi medio siglo y fue parte del inicio de todos los estudios posteriores, sirvió para demostrar que el daño generado por insectos en hojas de plantas de tomate y patata inducía una rápida acumulación de un compuesto de defensa en las hojas dañadas y que ese compuesto, inesperadamente, también se generaba en las hojas cercanas no dañadas de la misma planta.


La neurobiología vegetal es un tema de máxima actualidad que está despertando un gran interés a nivel general. Son muchos los científicos y universidades que han realizado investigaciones para demostrar todas estas capacidades de las plantas, su inteligencia, su nivel de conciencia, sus diversas acciones y reacciones para adaptarse a su entorno. Se ha constatado que tienen mayor actividad bajo la superficie, algo que también nos asombra ya que estamos acostumbrados a hacer valoraciones sobre lo que podemos observar con la vista. Una de las capacidades que especialmente llama mucho la atención es la de relacionarse con otras plantas y, aunque a veces puede haber un rechazo o una lucha subterránea por la conquista de un espacio o por el crecimiento, los estudios realizados demuestran que domina la cordialidad, la comunicación y una predisposición a ayudarse mutuamente demostrando incluso ciertos grados de altruismo.

Uno de los neurocientíficos más conocidos, considerado una de las máximas autoridades en neurobiología vegetal, es Stefano Mancuso, que trabaja en la Universidad de Florencia. Él ha realizado muchas investigaciones y también conferencias para transmitir todo el potencial, todas las cualidades del mundo vegetal. Stefano Mancuso usa el concepto de “Inteligencia vegetal” para referirse a las respuestas de las plantas frente a los cambios de su entorno, tal como él mismo declara: "Pueden resolver un problema, que es mi definición de inteligencia”. 
Según Mancuso: “Las plantas pueden producir una señal eléctrica con todo su cuerpo. No tienen nada similar a nuestro cerebro, pero sí raíces. El aparato de la raíz es un sistema muy complejo, una sola planta puede tener literalmente millones de raíces y cada raíz tiene su propio centro de mando, donde integran toda la información que captan del ambiente y deciden qué hacer. El conjunto de todos estos millones de pequeños centros de mando podría ser descrito como un tipo de cerebro. Por supuesto, estoy hablando metafóricamente, no es un cerebro, pero sí ejerce la misma función de una manera completamente diferente al nuestro”. Este neurocientífico también explica que, gracias a este procesamiento descentrado, las plantas son mucho más sensibles y tienen más sentidos que los animales, algo que las hace seres conscientes, tal como él lo define: “En este sentido, las plantas son organismos conscientes. Cualquier planta conoce exactamente cómo es el mundo físico que la rodea y es capaz de detectar los cambios en otros organismos a su alrededor como, por ejemplo, de otras plantas. Son capaces de cambiar su fisiología para contrarrestar el cambio y sobrevivir”.
Esta interacción con los otros seres de su entorno es muy especial cuando hay que luchar por el territorio y, en este sentido, se ha constatado que pueden competir con otro tipo de plantas y especies e incluso con seres de su misma especie si no son parientes, aunque, por otro lado, no compiten si son parte del clan, sino que comparten el territorio de una forma amistosa.


Uno de los experimentos realizados por Mancuso que demuestra esa interacción y también un grado de altruismo es el que se hizo en un bosque de abetos de Canadá, donde había una gran conexión entre todos los árboles. La prueba consistió en impedir que a uno de los abetos le llegase agua y entonces observaron que ese abeto, que era incapaz de recibir agua, sobrevivió durante muchos años gracias a la ayuda de sus compañeros. En otra prueba se descubrió que el daño causado por insectos a las hojas de unos álamos generaba una respuesta de defensa en esos árboles y también en otros árboles cercanos de otra especie, revelando entonces un desconocido mecanismo de comunicación entre todos ellos. En otras palabras, los álamos que estaban siendo devorados podían “avisar” a otros árboles o plantas para que se prepararan para un ataque inminente.
También se ha comprobado que, cuando son atacadas, las plantas saben buscar aliados dentro del mundo animal. Varias investigaciones han demostrado que cuando un insecto, larva o parásito está alimentándose de una planta, esta produce y emite compuestos químicos en el aire que atraen a otros insectos depredadores del que la está atacando. Además, las plantas son capaces de controlar esa liberación química según la naturaleza del ataque que sufren y con toda la intención de manipular el cerebro de los animales.

La alta sensibilidad de las plantas les sirve para todas las funciones que forman parte de su existencia. Por ejemplo, su sentido del olfato es muy importante para que maduren los frutos y, si las frutas de un árbol maduran de una manera armoniosa se debe, en parte, a que cuando una fruta madura libera al aire una hormona que indica a las demás que también maduren. 
También es muy importante su sentido del oído. Se cree que las plantas reaccionan positivamente a la música clásica, pero en la naturaleza sus reacciones están vinculadas a energías u ondas acústicas relacionadas con su supervivencia. En la Universidad de Missouri grabaron los aparentemente inaudibles sonidos que se producen cuando una oruga come las hojas de una especie de planta. Después dejaron en silencio a esa primera planta, utilizada para la grabación y reprodujeron el sonido grabado en una sala donde había otra planta igual. A ambas plantas les dieron 48 horas para responder al ataque y entonces descubrieron que las hojas de ambas plantas, tanto de la planta que había recibido el ataque real como la del ataque simulado, produjeron glucosinolatos, que es un químico desagradable para los insectos. Esto demostró que las vibraciones sonoras cambiaron el metabolismo de la planta para que creara químicos para repeler el ataque.
Las plantas también ven, aunque no tengan ojos, pero gracias a moléculas fotorreceptoras perciben la luz, la pueden interceptar, usar y reconocer su cantidad y calidad; es algo que requieren para sacar el mayor partido a la energía solar. Las plantas también huelen y lo hacen con todo su cuerpo. Tienen miles de células receptoras que detectan los compuestos orgánicos volátiles y, como también son emisores de estos compuestos, esta es una de las principales vías de comunicación dentro del mundo vegetal y también entre plantas y otros animales, como hemos visto antes en esa “llamada química” a depredadores de los animales que las puedan estar atacando. Otros sentidos muy desarrollados son el de reconocer sabores, el del tacto, el de sentir la humedad y el de detectar las sustancias de las que se alimentan.

Otra capacidad importante de las plantas es la memoria, ya sea a corto, medio o largo plazo. Un ejemplo de memoria a corto plazo es el de la especie “Venus atrapamoscas”, que necesita que un insecto toque sus dos sensores para cerrarse y atraparlo y, pasados 20 segundos de la señal de un sensor, la olvida, olvida haber recibido ese impulso eléctrico. Un ejemplo de memoria a medio plazo se relaciona con las plantas que recuerdan que cuando pasa el invierno les llega el momento de florecer y producir semillas y un ejemplo de memoria a largo plazo sería transmitir información para generar alteraciones a nivel genético y que nuevas generaciones de la especie nacieran más preparadas para sobrevivir en su entorno habitual.

Imagen de la Venus Atrapamoscas

De toda la información que está llegando gracias al trabajo de los neurocientíficos, quizás la más sorprendente e interesante es la que se refiere a la interrelación y comunicación entre plantas a través de sus raíces, algo que forma grandes redes subterráneas que son vitales para la vida y desarrollo de las plantas y donde la colaboración es primordial. Esta red subterránea se llama “red de micorrizas” debido a que se ve potenciada por la acción simbiótica que se genera entre los hongos y las raíces de los árboles, una relación donde todas las partes salen beneficiadas y se transfieren y comparten nutrientes y minerales. Hay que tener en cuenta que estamos acostumbrados a considerar que los hongos son la parte que vemos sobre la superficie de la tierra, pero eso solo es su órgano o parte sexual y bajo tierra puede haber grandes extensiones de filamentos formando parte de un solo hongo.

La profesora Suzanne Simard, de la Universidad British Columbia, es una de las personas que ha estudiado con más profundidad todo este gran sistema subterráneo, donde los árboles intercambian carbono entre ellos, aunque no sean de la misma especie, para poder elaborar la savia (azúcares procesados) al procesarlo con el agua y las sales minerales. Ella explica que en este intercambio es donde entran en juego los hongos, que reciben azúcares de los árboles y a cambio los abastecen de nutrientes y facilitan las conexiones de los árboles entre sí. De esta forma, en una comunidad natural, las plantas están interconectadas entre todas ellas gracias a que los hongos llamados “micorrícicos” se asocian con los árboles y plantas sin importar que sean de especies diferentes. Algunos investigadores han llamado “el internet de las plantas” a toda esta red de conexiones.
Suzanne Simard explica: “La mayoría de los sistemas vegetales crecen sobre esta asociación simbiótica en la que el hongo suministra a la planta compuestos inorgánicos, como nitrógeno o fósforo, que esta necesita para nutrirse y crecer y la planta aporta al hongo azúcares resultantes de la fotosíntesis”; ella llama “sabiduría del bosque” a toda esta red de asociaciones, comunicaciones e intercambio, cuyas raíces y filamentos pueden llegar a ser kilométricos y que, además, se han detectado en todos los sistemas climáticos.


Algunos estudios han demostrado cómo se producen estas colaboraciones entre árboles de distintas especies. En su tesis de doctorado, Suzanne Simard presentó un estudio sobre la relación entre abedules y pinos de Oregón, especies muy lejanas genéticamente pero que crecen juntas de forma natural. Ella observó que estas dos plantas, una conífera y otra latifoliada, estaban altamente conectadas por la red de micorrizas y que se habían desarrollado interesantes patrones en la dirección del flujo subterráneo de recursos. Como, en invierno, el abedul pierde sus hojas pero el pino de Oregón las mantiene, durante esa época el pino de Oregón le envía azúcar al abedul para apoyarlo en sus funciones básicas y luego, cuando llega la primavera, el abedul se activa formando su vigoroso follaje y sus recursos fluyen hacia el pino de Oregón.

Todos estos interesantes y valiosos estudios que nos llegan desde la neurobiología vegetal tienen que servir para que comprendamos la magnitud, complejidad y esplendor del mundo vegetal y aprendamos a convivir con las plantas, con los bosques, sabiendo que son seres y sistemas vivos y que bajo nuestros pies hay vida, hay comunicación, hay sistemas interactuando que deben ser respetados. Particularmente considero que, si existen todas esas redes con todas esas capacidades, seguro que las plantas, como seres vivos con su propio campo electromagnético, detectan las líneas de energía, los meridianos de la Tierra o Líneas Ley, que muchas veces coinciden con vías fluviales, con acuíferos y, por lo tanto, existe una conexión energética beneficiosa para el mundo vegetal y para el planeta, una gran conexión de ámbito planetario.

Fuentes:


sábado, 29 de julio de 2017

Eventos destacados del mes de julio

Publicado por David Arbizu

VERTIDOS DE ARMAS Y AGENTES QUÍMICOS EN LOS OCÉANOS TRAS LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

En mi anterior artículo explicaba el gran problema y peligro de los residuos nucleares que hay en los océanos, sobre todo en relación con los vertidos que se hicieron tras la Segunda Guerra Mundial utilizando los océanos como si fueran un vertedero enorme donde se podía echar de todo sin que hubiera consecuencias. En este artículo quiero hablar de los vertidos químicos en los océanos y, en particular, de las armas químicas que “sobraron” tras la Primera y Segunda Guerra Mundial. Nos encontramos con una situación similar o incluso más aberrante que con los residuos nucleares, con vertidos incontrolados, hundimiento de barcos repletos de armamento de todo tipo, cargados de bidones de gases venenosos y una situación calificada de “muy grave” que hasta la actualidad no parece tener una solución viable, pero que durante todos estos años ya ha ido dando avisos de su peligrosidad con los accidentes que ha habido y que han afectado sobre todo a pescadores que han recogido, sin querer, armas y contenedores con fugas tóxicas y casi mortales que han causado muchos heridos en muchas partes del mundo.

Aunque en la historia de la humanidad anterior a la Primera Guerra Mundial ha habido algunos conflictos donde se considera que se utilizó algún tipo de dispositivo o arma química, la evolución y masificación coinciden con la evolución de la industria química que hubo a principios del siglo XX, una época en la que Alemania destacaba por su potente industria química, lo cual favoreció que desde el inicio de la Primera Guerra Mundial se desarrollaran los proyectiles y bombas de dispersión. Los “agentes de armas químicas” (CWA, por sus siglas en inglés) incluyen los denominados “vesicantes o causantes de ampollas” (como el gas mostaza o la lewisita), los gases lacrimógenos, los gases asfixiantes o irritantes pulmonares (como el fosgeno o el cloro), los gases lacrimógenos y los gases nerviosos (como el sarín o el tabún).

Después de la Primera Guerra Mundial, en la que se calcula que murieron casi 90 000 soldados por los ataques con gas mostaza, se celebró la Convención de Ginebra (1925), donde se acordó la prohibición del uso de armas químicas y que los países harían todos los esfuerzos posibles para que otros estados firmaran el acuerdo. A pesar de este acuerdo, que se suponía que tenía un ámbito internacional, Estados Unidos no lo firmó hasta 1975, otros países como Irak, Angola, Somalia y Myanmar lo hicieron hace muy pocos años, Israel lo ha firmado pero no ratificado y, por último, Corea del Norte, Egipto y Sudán del Sur todavía no lo han firmado. Tras la Convención de Ginebra, también llamada Protocolo de Ginebra, se realizaron otras convenciones, en 1972 y 1993, donde se reforzaron los acuerdos llegando a prohibir la fabricación, almacenaje, cualquier trato comercial y el vertido de armamento químico en los océanos, también se exigía su destrucción. Otros países han visto cómo se destruía su arsenal químico debido a acuerdos de otras potencias que intervenían en sus conflictos armados, como es el caso de Siria y el acuerdo entre Estados Unidos y Rusia del año 2014 para llevarlo a cabo.

Vertido de bidones-contenedores de gas mostaza al océano Atlántico

Como es fácil de imaginar, después de los acuerdos del Protocolo de Ginebra, ningún país cumplió lo acordado y todos siguieron con sus planes para el desarrollo y fabricación de armas químicas, algo que quedó claro al estallar la Segunda Guerra Mundial, donde también fueron utilizadas por la mayoría de los países involucrados. Con el final de la guerra, en 1945, muchos países tenían arsenales masivos de armas químicas y se encontraron con el problema de que los científicos no sabían cómo destruirlas, así que, al igual que pasó con los residuos radiactivos, se decidió que el método más seguro y barato era arrojarlas al océano. Solo entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico se considera que hay más de un millón de toneladas de armas químicas. Al igual que sucede con los residuos nucleares, la parte del océano Atlántico más afectada es la europea, en concreto el mar Báltico, aunque Estados Unidos también realizó vertidos en el Golfo de México, donde se arrojaron miles de bombas no detonadas. En el océano Pacífico también hay varios puntos donde se vertieron armas químicas o donde hay barcos hundidos por los bombardeos. Se calcula que en una bahía de Hawái hay unas 45 000 bombas o proyectiles de gas mostaza y 1200 contenedores de una tonelada de gas mostaza y Lewisita. En las aguas costeras y en los lagos interiores de Japón hay, como mínimo, 4900 toneladas de gases dentro de artefactos o contenedores. Por su parte, la Unión Soviética arrojó miles de toneladas en el océano Ártico y, aunque no se han proporcionado registros de las cantidades vertidas, la actual Rusia ha admitido que al menos fueron 160 000 las toneladas que puede haber en el fondo de los mares rusos que pertenecen al océano Ártico.

Todas las operaciones de vertido tenían unas reglas no escritas que recomendaban arrojar los desechos a más de 10 millas de las costas y a profundidades mínimas de 3000 metros, pero en la mayoría de los casos no se cumplían estos parámetros y las cargas se arrojaban al océano en cuanto se consideraba que ya se había alcanzado una distancia suficientemente apartada de la costa. Por lo tanto, de nuevo nos encontramos con muy pocos datos fiables sobre la ubicación de todo este armamento, así como sobre las cantidades vertidas, además de que algunas veces se hundieron barcos que se habían cargado con municiones de todo tipo para deshacerse con rapidez de gran cantidad de material junto a embarcaciones obsoletas.

Armas dentro de una embarcación hundida

A finales de 2012, Terrance Long, fundador de la conferencia de municiones submarinas, declaró: “Mientras que la práctica de lanzar bombas y armas químicas en el océano, incluyendo el gas mostaza y el gas nervioso, terminó hace 40 años, algunos efectos están apenas comenzando a ser vistos” y añadió: “Se pueden encontrar municiones en básicamente cada océano alrededor del mundo, cada mar, lago y río principales. Son una amenaza para la salud humana y el medio ambiente”. Quiero aprovechar estas declaraciones para introducir el concepto de “UXO”, que son las siglas de “Unexploded ordnance”, que significa “munición sin explotar”. Algunos países han designado las zonas donde hay artefactos explosivos sin detonar, pero no existen programas realmente enfocados a afrontar la situación en busca de una solución definitiva, posiblemente porque no la hay, tal como declaró el biólogo Nicola Ungaro, que trabaja para una agencia ambiental que asesora al gobierno italiano: “Obviamente, la opción de quitar las bombas químicas del mar sería la mejor, porque así evitaríamos cualquier problema en el mar. Pero el problema sería lo que sucedería una vez que las bombas estén en tierra. Me refiero a la zona donde se eliminan. Al final, moverlas podría provocar un escenario peor con fugas de sustancias y esto podría ser peor que simplemente dejarlas en su lugar”. Otros expertos también señalan que las operaciones de limpieza de todas esas toneladas de contenedores y bombas sería muy costosa y requeriría una gran cantidad de tiempo y de personal, razones por las que los gobiernos prefieren dejarlas donde están.

A pesar de todo, desde finales del siglo pasado se han puesto en marcha programas para el estudio y monitoreo de los principales lugares con alta concentración de UXO y, en concreto, de armas químicas. Por ejemplo, el proyecto Chelsea se puso en marcha para buscar y evaluar las municiones químicas en la zona del mar Báltico, algo que se llevó a cabo entre 2011 y 2014. Otro proyecto, el de “Monitoreo de Municiones Descargadas” (MODUM, por sus siglas en inglés) estableció una red de monitoreo para observar los vertederos del mar Báltico utilizando vehículos submarinos; este proyecto finalizó en 2016 aportando gran cantidad de información fiable y detallada. Actualmente existen proyectos en Europa, con la participación de la mayoría de países y también en Estados Unidos y Australia, enfocados al estudio, monitoreo, evaluación de riesgos y búsqueda de posibles soluciones científicas para este enorme problema de carácter planetario. Por desgracia, de momento no hay soluciones factibles para retirar y destruir todas estas acumulaciones de enormes cantidades de explosivos y materiales tóxicos que algún día podrían producir una tragedia de consecuencias imprevisibles si hay una explosión o una corrosión masiva que libere grandes cantidades de estas sustancias químicas letales en un plazo de tiempo reducido. Para hacerse una idea y hablando solo de la zona del mar Báltico, si solo una de las municiones de cualquier tipo explotase, se desencadenaría una reacción en cadena que causaría una catástrofe en toda la costa del Báltico comparable a la de Chernóbil. Y dicho con otras palabras: La propagación de solo una sexta parte de las 50 000 toneladas de municiones que hay en el mar Báltico arruinaría todo su hábitat durante todo un siglo.

Mapa con los lugares donde existen concentraciones de diversos tipos de armamento 

Desde que se realizaron todas esas descargas y vertidos masivos, ha habido muchos accidentes en diversos lugares del planeta, muchos relacionados con el gas mostaza, que cuando se fuga de las armas o de los contenedores se incrusta en los sedimentos del suelo marino, en la piel de los peces, en las propias partes rotas de los contenedores e incluso en las redes de pesca. Destacan las noticias que informan de pescadores que han sufrido quemaduras en toda la piel y los ojos, especialmente frente a las costas italianas y en todo el mar Báltico y también las noticias relacionadas con el número de casos de cáncer de piel y pulmón, que se incrementó considerablemente desde mediados de los años noventa entre los pescadores suecos que faenaban entre las islas de Bornholm y Gotland, que están situadas en la costa sur de Suecia y donde se realizaron grandes descargas y vertidos. Algunos expertos señalan que, debido a las enormes cantidades de munición, tóxicos y todo tipo de contaminantes, se puede considerar que “tenemos la suerte de que no haya muchos más accidentes y situaciones realmente alarmantes y letales”. Para hacerse una idea de esas “enormes cantidades”, solo en el mar Báltico las autoridades reportaron, entre los años 1995 y 2000, el hallazgo de 11,3 toneladas de explosivos convencionales encontrados por pescadores.

Otro gran peligro que existe es el de la actividad de perforación de la industria petrolera en zonas donde hay altas concentraciones de todo tipo de municiones y armas químicas. De momento no ha habido accidentes por el hecho de perforar el fondo marino junto a todo tipo de bombas, pero este es otro caso donde seguramente también podemos hablar de suerte. Un ejemplo es el de la compañía BP, que en el año 2011 cerró su principal oleoducto de crudo en el mar del Norte durante cinco días mientras eliminaba una gran mina alemana sin explotar encontrada descansando cómodamente junto al oleoducto que transporta hasta el 40 por ciento de la producción de petróleo del Reino Unido. Otro ejemplo es el de las compañías BP y Shell, que en el año 2001 encontraron los restos del submarino U-166, un submarino alemán de la Segunda Guerra Mundial, a 45 millas de la desembocadura del río Mississippi durante una prospección submarina para instalar un gasoducto necesario para transportar gas natural a la costa. Las compañías no son ajenas a este problema y sus graves riesgos, que se multiplican en el Golfo de México, pero en general lo ignoran y siguen con sus actividades sin realizar prospecciones más rigurosas o desestimar perforar en zonas con alto riesgo de accidentes.

Para finalizar, comentar que hasta la actualidad se han seguido utilizando armas químicas en muchos conflictos de todo el mundo y las naciones no han cumplido sus acuerdos. Los ejemplos más conocidos son los de la utilización del gas napalm y el agente naranja por parte de Estados Unidos en su guerra con Vietnam, los gases químicos utilizados durante la Guerra Civil española, los gases químicos utilizados en la guerra entre Irán e Irak y el uso de fósforo blanco por parte de Israel, en 2008, contra la población de Palestina.
Quizás la noticia más actual relacionada con las armas químicas es el acuerdo de destrucción de todo el arsenal químico de Siria, una acción que empezó en el año 2013 y acabó el año pasado, 2016, después de la intervención de varios países y el transporte de todo el armamento a unas instalaciones en Texas (Estados Unidos), donde fue destruido. A pesar de esta destrucción, incluso durante este año, 2017, ha habido noticias de bombardeos con armas químicas en diversas zonas de Siria.

Lo que queda claro es que si todavía existen armas químicas es que alguien las fabrica y, por lo tanto, las vende y suministra, todo ello a pesar de la existencia de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), que se fundó en 1997 y es el organismo encargado de la aplicación internacional de la Convención sobre Armas Químicas. Esta es una cuestión más a añadir a todas las que demuestran esa falta de conciencia del ser humano que supone el abuso y destrucción de muchas partes del planeta, de muchos seres vivos, humanos incluidos, un nivel de conciencia donde no entra el aprendizaje fruto de los errores ya cometidos y que nos ha conducido hasta la crisis planetaria junto con la sexta extinción masiva que ahora estamos experimentando.


Fuentes:

martes, 11 de julio de 2017

Eventos destacados del mes de julio

Publicado por David Arbizu

RESIDUOS NUCLEARES Y RADIACTIVOS EN LOS OCÉANOS
Cada vez son más las personas que se preocupan por el daño que la actividad humana ha causado y sigue causando al planeta, sobre todo desde el inicio del Antropoceno. Ahora se está comprendiendo mejor la importancia de los océanos y de que su equilibrio, salud y funcionamiento son vitales para el mantenimiento de la biosfera, los patrones climáticos y toda la cadena alimenticia global. Por desgracia, durante siglos, el ser humano ha utilizado lagos, vías fluviales, pozos y océanos como grandes vertederos donde se podía tirar cualquier cosa sin que pareciera que pudiera haber ninguna repercusión para su propia existencia, pero la realidad es que, bajo los océanos, se han creado verdaderas bombas de relojería.

Desde el inicio de la era nuclear, que para muchos expertos coincide con el inicio del Antropoceno, los océanos representaron el lugar ideal donde poder deshacerse de los residuos nucleares y radiactivos. A pesar de que ya había organizaciones ecologistas, científicos y una parte de la opinión pública en contra, desde el año 1946 hasta el año 1993, trece países utilizaron los océanos como vertedero para eliminar sus residuos nucleares y radiactivos. Utilizar los océanos representaba hacerlo en lugares que estaban lejos de controles, donde era más fácil no generar una respuesta pública masiva en contra y, además, era la forma más rápida y barata de deshacerse de esos residuos peligrosos y difíciles de almacenar o destruir.

Lanchas de Greenpeace dificultando el vertido de bidones de residuos radiactivos  

En 1972, tras una reunión internacional convocada por la ONU, se acordó prohibir el vertido al mar de residuos radiactivos de larga actividad, que son los derivados principalmente de la transformación del combustible gastado en los reactores nucleares, pero no se prohibió el vertido de los residuos de media y baja actividad, que los forman las vainas que rodean el combustible nuclear y otros materiales utilizados en las centrales nucleares, los materiales producidos por la industria química, por los laboratorios de investigación o médicos y cualquier objeto o resto producido por la industria nuclear, por la minería o por el desmantelamiento de instalaciones nucleares. De este modo, los países siguieron realizando vertidos radiactivos en los océanos hasta el año 1993, año en que se ratificó un tratado internacional que prohibía totalmente la eliminación de materiales nucleares y radiactivos en los océanos.

Existe una gran preocupación por el estado de esos residuos, la mayor parte de los cuales están almacenados en bidones de acero y hormigón y otro tipo de contenedores que generalmente solo estaban diseñados para retener su contenido durante las operaciones de transporte y depósito, pero no para soportar la presión del agua a miles de metros de profundidad, ni la erosión, la salinidad u otros factores como movimientos sísmicos, etc. De hecho, en los años 70 del siglo pasado, el oceanógrafo Jacques Cousteau presentó ante el Consejo de Europa fotografías de bidones de residuos radioactivos franceses sumergidos en el Atlántico que presentaban un estado de conservación lamentable, ya que estaban completamente abiertos y perforados y hace solo dos años, en 2015, un estudio realizado en Alemania demostró que los bidones pueden sufrir perforaciones en un período que oscila entre los diez y los cuarenta años.

Imagen de un bidón contenedor de residuos erosionado y roto

Desde el accidente de Fukushima, todavía ha aumentado más la preocupación por los vertidos nucleares y la radiactividad que está llegando a los océanos y ya se considera que una de las grandes amenazas del siglo XXI, para los océanos y para todo el planeta, es la contaminación radiactiva recibida y que siguen recibiendo.

En el mapa que sigue a continuación se puede observar que los océanos más afectados son, en primer lugar, el océano Atlántico, seguido del océano Pacífico y del océano Ártico. Ocho países europeos utilizaron principalmente el Atlántico Nordeste, mientras que Estados Unidos lo hizo en el Atlántico Noroeste y en el océano Pacífico, donde también Japón realizó gran cantidad de vertidos. Por su parte, la Unión Soviética utilizó el Océano Ártico. No he encontrado datos sobre vertidos en el océano Antártico ni tampoco en el océano Índico. 
Las cifras que revelan las cantidades vertidas son verdaderamente escalofriantes. Por citar algunas: 
- En el Atlántico Nordeste yacen un total 223.000 bidones (115.000 toneladas) con residuos radiactivos, estos residuos podrían contener una radiactividad superior al millón de curios (elemento sintético radiactivo), es decir, ocho veces más que los 130.000 curios liberados en el devastador accidente de Chernóbil.
- Estados Unidos arrojó más de 110.000 contenedores con material nuclear fuera de sus costas entre 1946 y 1970.
- Rusia arrojó unos 17.000 contenedores de desechos radiactivos.
- Entre 1949 y 1966 el Reino Unido realizó vertidos por un total de 5.500 toneladas de residuos radiactivos en el Golfo de Vizcaya y a veinte millas al norte de la isla Guernsey, en el Canal de la Mancha.

Por desgracia, la falta de control y supervisión de los vertidos supone que muchos registros e informes sobre ubicación del lugar, metros de profundidad y distancia de la costa sean incompletos o erróneos. En algunas ocasiones, el capitán de la embarcación estaba más preocupado por su propia seguridad y la de su tripulación que no por llegar a la ubicación exacta del vertedero y, cuando se alcanzaba la zona de seguridad establecida, la tripulación arrojaba los barriles independientemente de su ubicación, lo cual supone un gran problema para poder localizar las zonas donde se hayan vertido estos contenedores de residuos y poder comprobar su estado. En este sentido, en el año 2013, un submarino dirigido por control remoto enviado por periodistas alemanes encontró dos bidones con residuos radiactivos a pocos kilómetros de la costa francesa y a solo 124 metros de profundidad. También se sabe que algunos vertidos se hicieron a solo 200 kilómetros de la costa de Asturias y otros a 650 kilómetros de la costa de Galicia. Y en Estados Unidos, el periódico Wall Street Journal afirmó, en 2014, que los niveles de plutonio en el fondo marino a 80 kilómetros de San Francisco, un lugar donde hay 50.000 contenedores de residuos radiactivos, eran 1.000 veces superiores a lo normal.

Mapa con las ubicaciones de los vertidos radiactivos

Un gran problema vinculado a la contaminación de los océanos por materiales y residuos radiactivos y nucleares es la gran cantidad de pruebas de armas nucleares realizadas, además de todas las acciones que hicieron algunos países para destruir parte de su armamento nuclear tras la Segunda Guerra Mundial, que en algunos casos consistió en hundir en los océanos barcos llenos de armamento y residuos nucleares y radiactivos. Además, todavía habría que añadir todos los barcos, submarinos y aviones que han sido hundidos o derribados durante las guerras más todos los accidentados hasta el momento actual.

A continuación enumero algunos datos relacionados con las detonaciones de armas nucleares y el hundimiento y vertido de residuos en embarcaciones o submarinos:
-Entre 1946 y 1958, Estados Unidos llegó a detonar más de 60 armas nucleares sobre distintas partes de las Islas Marshall (O. Pacífico).
- Francia realizó 193 pruebas nucleares en la Polinesia Francesa y los deshabitados atolones de Mururoa y Fangataufa (O. Pacífico) esconden 3.200 toneladas de material radiactivo.
- Rusia realizó 224 pruebas nucleares en el archipiélago de Nueva Zembla (O. Ártico).
- Reino Unido realizó 3 pruebas nucleares en las islas Montebello, frente a la costa de Australia (O. Índico).
- Estados Unidos y Reino Unido realizaron 33 pruebas nucleares en las islas Kiribati (O. Pacífico).
- Rusia hundió o permitió que se hundieran, principalmente en el océano Ártico y en zonas poco profundas, 19 buques que contenían residuos radiactivos, 14 reactores nucleares, de los cuales cinco aún contienen combustible nuclear gastado y 735 piezas de maquinaria pesada radiactivamente contaminada.
- Hay 6 submarinos nucleares acostados en el fondo de los océanos, 4 rusos y 2 estadounidenses.
- En marzo de 1956 cayó y se hundió en el Mediterráneo un avión norteamericano con dos cápsulas de material radiactivo.
-  En enero de 1970 se hundió un submarino soviético cargado con torpedos nucleares en la bahía de Nápoles (Mar Mediterráneo).
- En septiembre de 1974 se hundió un destructor soviético cargado con armas nucleares en el Mar Negro.
- En mayo de 1982, en la guerra entre Inglaterra y Argentina por las Islas Malvinas, un misil de la armada argentina hundió un destructor británico que llevaba armamento nuclear, aunque después se negó que llevara ese tipo de armamento.
- En mayo de 1985, un submarino británico perdió un misil con una cabeza nuclear durante una prueba frente a las costas de Florida. En este caso también, posteriormente, se negó que el misil llevara cargamento nuclear.

En la actualidad, las detonaciones y vertidos realizados en las islas del Pacífico están generando muchos problemas por las continuas filtraciones y contaminación que están causando. Además, atolones como el de Mururoa y el de Enewetak podrían llegar a colapsar y esto supondría que llegarían al océano una gran cantidad de radiación y contaminación que ahora están, en parte, contenidas por esas islas y atolones. En algunos casos, como el de la isla de Runit, en el atolón de Enewetak, las bombas nucleares detonadas por Estados Unidos crearon un cráter donde se vertieron residuos y tierra contaminada fruto de las labores de descontaminación efectuadas tras las detonaciones. Este cráter se cubrió con una gigantesca cúpula de cemento que ha tenido que ser constantemente reparada debido a las continuas filtraciones y las últimas mediciones realizadas muestran que, para el año 2025, el suelo que rodea la cúpula ya estará más contaminado que los residuos que contiene el cráter. Además, hay el temor de que un terremoto, un tifón o cualquier otro desastre natural, pueda destruir la cúpula y provocar un vertido masivo precipitado y catastrófico, algo que también puede suceder en otros lugares donde los restos radiactivos y nucleares están almacenados y contenidos bajos unas condiciones muy frágiles e inestables.

La gran cúpula de cemento que cubre el cráter de la Isla de Runit

Después de la exposición de todos estos datos y viendo toda esa toxicidad, envenenamiento y radiación vertida en los océanos, una de las preguntas principales sería: ¿Qué acciones se están llevando a cabo para supervisar todas estas zonas que podemos considerar cementerios nucleares y radiactivos? La respuesta es: “Ninguna, no se está haciendo nada”.
En 1992, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) realizó análisis en muestras de agua, recogidas en varios de estos “cementerios nucleares”, para medir la radiactividad y los resultados fueron que había altas concentraciones de plutonio-238 que indicaban fugas de los contenedores. En 1995, la Agencia de la Energía Nuclear de la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos) finalizó su programa de vigilancia de los residuos radiactivos lanzados al agua en el Atlántico Nordeste y su informe final concluyó así: “Los análisis mostraron aumentos de la actividad radiológica en los puntos de vertido, sugiriendo fugas medibles pero con un impacto radiológico despreciable”. Desde entonces, no se han realizado más controles ni acciones oficiales. Las últimas noticias llegaron a finales de la década de 1990, cuando unos científicos franceses viajaron a uno de los cementerios nucleares del Atlántico y cogieron ejemplares de una especie de pez y de un crustáceo y en ambos casos detectaron restos de plutonio-239 y plutonio-240, que se generan en los reactores nucleares a partir del uranio. Esto demuestra la existencia de fugas y la posible dispersión de elementos radiactivos junto con la alta posibilidad de entrar en la cadena alimenticia.

Está claro que estamos frente a un peligro que no va a debilitarse a corto plazo, más bien al contrario, ya que puede verse potenciado por todos los accidentes y fugas nucleares que sigue habiendo en el planeta. Además, aunque parezca increíble, el Tratado de 1993 sigue en vigor hasta el año que viene, 2018. Así que, dentro de unos meses, termina la prohibición de estos vertidos en los océanos y se podrá volver a examinar la opción de reanudar los vertidos marinos subterráneos creando nuevas oportunidades para la eliminación de desechos nucleares y un océano más potencialmente radiactivo.
Esperemos que las personas que el año que viene tengan la responsabilidad de renovar este tratado actúen con el máximo nivel de conciencia, de amor y respeto por los océanos, por toda forma de vida, por el planeta y tengan una visión elevada para poder desarrollar un nuevo tratado que no tan solo no vuelva a permitir nuevos vertidos sino que ponga en marcha acciones contundentes y eficaces para la limpieza y purificación de todas las aguas de nuestra Madre Tierra.

Fuentes:

martes, 27 de junio de 2017

Eventos destacados del mes de junio

Publicado por David Arbizu

ANTÁRTIDA: DEL BLANCO AL VERDE
La Antártida es el continente más seco, más frío, más remoto, más ventoso, más alto en cuanto a su altura media, que es de 2600 metros y también, cuando es invierno en el hemisferio sur, más oscuro del planeta. La Antártida es el continente helado de la Tierra y a su alrededor, en conexión con el océano Glacial Antártico, se unifican las aguas de todos los océanos del planeta mostrándose en su verdadera realidad, como un único gran cuerpo de agua.

La Antártida, con un 99% de su superficie cubierta por hielo permanente, tiene una gran influencia sobre el clima de todo el planeta, de manera que lo que sucede en la Antártida afecta notablemente a sistemas y patrones climáticos que inciden sobre toda la Tierra. Del mismo modo, cualquier cambio o desajuste climático también va a repercutir sobre este gran continente y, en este tiempo de calentamiento global, con temperaturas elevadas tanto del aire como del agua que afectan a vientos y corrientes marinas, la máxima expresión del cambio climático que se observa en la Antártida, al igual que en el Ártico, es el deshielo a gran escala.

Imagen de la Antártida y las zonas rojas como principales puntos de deshielo

En la imagen superior aparecen en color rojo las principales zonas de deshielo, que principalmente se encuentran junto al océano, aunque también se ha detectado en zonas más internas y más elevadas. La mayoría de estas zonas que forman la línea costera son “plataformas de hielo”, que son enormes capas o masas de hielo flotante que se forman al extenderse lentamente sobre el océano desde el extremo de un glaciar. Durante los últimos meses se ha observado un alarmante incremento del deshielo, tanto en las plataformas como en los propios glaciares, donde se han llegado a formar ríos que llegan al océano, pequeños lagos superficiales pero también subterráneos y grandes grietas. Aunque los científicos explican que muchos ríos y lagos han existido desde hace décadas y que aumentan su caudal y su superficie cada verano, ahora son más grandes debido a una mayor tasa de deshielo.

Gran zona agrietada. Formación de un río y una cascada fruto del deshielo

La zona donde hay mayor deshielo es la Antártida Occidental, donde se encuentra la Península Antártica, una zona donde se hacen muchos estudios científicos y que es la parte más cercana a otro continente, está a 1100 km de Tierra del Fuego, en Sudamérica. En esta península se encuentra la plataforma Larsen C, que hace más de dos años que es noticia debido a la aparición y expansión de una gran grieta, que ahora llega a los 200 km de longitud y que cuando llegue al otro extremo de la plataforma, un punto que ahora solo está a 13 km de distancia, va a generar uno de los mayores icebergs jamás registrados, con una superficie de unos 5000 km² (para hacerse una idea del tamaño, la isla de Mallorca tiene 3640 km²). Aparte de los efectos de ese iceberg fundiéndose en las aguas del océano, lo más preocupante es que la desaparición de gran parte de la plataforma Larsen C podría afectar al vecino glaciar Thwaites, el cual podría llegar a desestabilizar la mayor parte de la Antártida Occidental.

Aunque las noticias sobre la grieta de la plataforma Larsen C son muy impactantes, está observándose otra situación que también es preocupante que es el aumento de la vida vegetal y microbiana conforme van quedando porciones de tierra libres de hielo cada vez más grandes. Muchas de estas superficies libres de hielo están cubiertas de musgo, aunque también se conocen dos especies de plantas con flores. Se ha constatado que, junto al deshielo, la actividad biológica del musgo se ha acelerado en respuesta al aumento de las temperaturas, pero también se va a beneficiar y acelerar gracias a otros cambios observados en los vientos y a una mayor posibilidad de precipitaciones y humedad. Este aumento de la actividad biológica demuestra que los ecosistemas se irán alterando con rapidez y también se irá expandiendo una nueva estructura biológica, nuevos hábitats. Así que no hay duda de que el verde irá ganando terreno al blanco, aunque de momento sea en la Península Antártica, pero si se mantienen las altas temperaturas veremos cómo irán apareciendo puntos verdes rodeados del blanco de un hielo debilitado y agrietado.

Zonas cubiertas de musgo en la Península Antártica

Sin la capa de hielo y con una vegetación creciendo con fuerza, es lógico pensar que la vida animal tendrá que irse adaptando o desplazarse hacia lugares más adecuados, pero lo que es más preocupante de este cambio es que proporciona unas condiciones de vida que pueden permitir la llegada de especies invasoras. En este sentido, en la Península Antártica ya se han observado moscas domésticas, una especie invasora que ha llegado a través de los barcos y que ha conseguido sobrevivir gracias al aumento de las temperaturas y al incremento de las zonas verdes. Las especies invasoras, como la mosca doméstica, llevan consigo patógenos que podrían causar efectos devastadores sobre las especies autóctonas y alterar todo el ecosistema y la cadena alimenticia.

Pero por desgracia, como siempre, la peor especie invasora es el ser humano. Cada vez llegan más expediciones científicas y, lo que es peor, cada vez llegan más turistas. Entre 2015 y 2016, visitaron la Antártida más de 38 000 turistas y para esta temporada se espera alcanzar la cifra de 43 000 turistas. Por muy cuidadosos y respetuosos que puedan ser esos turistas, es muy difícil controlar que no lleven semillas o larvas de insectos enganchados en sus zapatos, en sus bolsas, en sus abrigos, de manera que se convierten en grandes contaminadores para uno de los lugares menos agredidos e invadidos del planeta. A todo esto hay que añadir que aumenta el número de embarcaciones que llegan al continente, embarcaciones que pueden transportar, tanto en su casco como en su interior, especies de todo tipo que pueden llegar a ser muy agresivas y que van a encontrar una situación cada vez más favorable para poder vivir y desarrollarse.

Esta contaminación realizada por los desplazamientos del ser humano es algo que ya ha sucedido en gran parte del planeta, pero parecía difícil de que llegara a la Antártida. Sin embargo, todo el cambio climático que se está experimentando en el planeta favorece el acceso a zonas anteriormente consideradas inaccesibles e inexpugnables. A nivel planetario, lo que estamos observando es una expansión del ecuador y los climas tropicales hacia los polos del planeta y esto significa mayor desertización de zonas tropicales y sub-tropicales, mientras que las altas temperaturas que se registran en los polos conllevan el deshielo y la aparición y aumento de vegetación. Podríamos decir que en una zona que abarca el ecuador, los trópicos y un área cada vez más amplia a su alrededor se está pasando del verde al marrón y que en los polos, sobre todo en la Antártida debido a que es un continente, se está pasando del blanco al verde. Y todo ello mientras nos encaminamos hacia una mini-edad de hielo, algo que parece inconcebible al observar todos estos cambios que responden al calentamiento global y mientras estamos experimentando unas intensas olas de calor en la primavera-verano del hemisferio norte de la Tierra.   



Fuentes:

martes, 13 de junio de 2017

Eventos destacados del mes de junio

Publicado por David Arbizu

EL EFECTO DE LOS RAYOS CÓSMICOS SOBRE EL CLIMA Y LA METEOROLOGÍA DE LA TIERRA

A principios del siglo pasado, algunos científicos ya intentaban demostrar que no toda la electricidad atmosférica provenía de la radiación generada por los elementos radiactivos que hay en la superficie del planeta y los gases que producen, tal como se había creído hasta entonces y en el año 1921, tras varios experimentos concluyentes, el físico estadounidense Robert Andrews Millikan llamó “rayos cósmicos” a la fuente de radiación extraterrestre que llega a nuestro planeta. Desde entonces, ha habido muchos estudios sobre los cambios y alteraciones que provocan los rayos cósmicos, cuya radiación afecta a los pasajeros y, sobre todo, a las tripulaciones de los aviones e incluso, según algunos estudios, puede afectar con arritmias cardíacas a la población en general.

Los rayos cósmicos son chorros de partículas altamente energéticas que viajan a través del espacio a una velocidad próxima a la de la luz y que impactan en masas o cuerpos espaciales que encuentran a su paso, tal como sucede en la Tierra. Se considera que gran parte de las partículas que los forman provienen de fenómenos astrofísicos violentos, como las explosiones de supernovas, las fulguraciones solares y también los resultados de sus colisiones en su viaje por el espacio. Aunque es difícil poder precisar el origen de los rayos cósmicos, se sabe que parte de los que llegan a nuestro planeta se originan en nuestro Sol, otra parte proviene de fuentes galácticas y una pequeña parte proviene de fuentes extragalácticas.

Cuando impactan en la Tierra, los rayos cósmicos menos energéticos son absorbidos por las capas altas de la atmósfera, pero los más energéticos penetran hacia las capas más inferiores interaccionando con sus átomos y produciendo lo que se denomina “cascadas de partículas”, que puede llegar a la superficie.


Desde mitad del siglo pasado, muchas investigaciones se han centrado en la relación entre los rayos cósmicos y la actividad solar. Se sabe que cuando hay mayor actividad solar también hay menor impacto de rayos cósmicos en nuestro planeta, debido a que el efecto de las llamaradas solares y las eyecciones de masa coronal apartan los rayos cósmicos que se dirigen hacia la Tierra. Al mismo tiempo, una menor actividad solar permite que los rayos cósmicos alcancen nuestro planeta y entren con más fuerza en la atmósfera. Ahora, en un momento de baja actividad solar, mientras nos encaminamos hacia un mínimo solar que va a llegar entre los años 2019 y 2020, la Tierra está recibiendo un mayor impacto de rayos cósmicos, algo que también lo facilita el hecho de que el campo magnético terrestre se ha debilitado. De hecho, estudios científicos demuestran que, desde marzo de 2015, los rayos cósmicos se han intensificado en un 13% y se espera que este porcentaje vaya en aumento mientras disminuye la actividad solar. Un ejemplo de esta baja actividad es que, desde principios de 2017 hasta la mitad del mes de mayo, ha habido 34 días sin manchas solares en el disco solar, una cifra que ya supera la de todo el año 2016.

En 1996, unos físicos daneses sugirieron que los rayos cósmicos son importantes en la formación de las nubes. Desde entonces, muchos experimentos y pruebas científicas se han enfocado en estudiar la relación entre la entrada de rayos cósmicos en nuestra atmósfera y la formación de nubes y, en general, la comunidad científica está de acuerdo en que un aumento del flujo de rayos cósmicos genera un aumento de nubes a escala global.

Las nubes consisten en pequeñas gotitas que se forman cuando el agua se condensa alrededor de pequeñas partículas que hay en la atmósfera, llamadas “aerosoles”. Cuando los aerosoles alcanzan un tamaño mínimo, pueden crear núcleos de condensación en los que se condensa el vapor de agua, algo que conduce a la formación de nubes. Se ha demostrado que las partículas liberadas por los rayos cósmicos ayudan a la formación de aerosoles y a que se ensamblen las partes que generan los núcleos de condensación que van a formar las nubes.

Las nubes son un elemento central de los modelos climáticos porque reflejan la luz del Sol hacia el espacio y limitan así la cantidad de energía que proviene del Sol. Al mismo tiempo, son campos que sostienen gran cantidad de energía en un proceso continuo de calentamiento y enfriamiento y son grandes contenedores, filtradores y repartidores del agua del planeta. Por lo tanto, una mayor o menor formación de nubes en la atmósfera va a tener una incidencia significativa sobre el clima y, en concreto, sobre un disminución o aumento de las temperaturas globales, de ahí que los rayos cósmicos tengan un efecto sobre el clima de nuestro planeta.

Proceso de la interacción de los rayos cósmicos y la formación de nubes

Ahora estamos experimentando un cambio climático extremo que se define principalmente como un calentamiento global, pero con nuestro Sol dirigiéndose hacia un mínimo solar, una mayor entrada de rayos cósmicos va a suponer un incremento de la formación de nubes y que haya un enfriamiento. Según algunos científicos, las glaciaciones o edades de hielo que ha habido en la Tierra han tenido lugar en situaciones como las que ahora se están desarrollando, algo que reafirma la teoría sobre la llegada de una mini-edad de hielo que coincidirá con ese mínimo solar que se espera para el año 2019-2020.

No todos los científicos están de acuerdo en la importancia del efecto de los rayos cósmicos. Aunque parece ser que una gran mayoría coincide en que su entrada en la atmósfera impulsa la formación de nubes, algunos no consideran que lo hagan con la fuerza y potencia suficiente como para que ese efecto sea significativo y determinante. Durante este año, 2017, se han realizado pruebas científicas que parecen dar la razón a ambas teorías, la que considera que los rayos cósmicos sí tienen un efecto importante y la que considera que no porque su incidencia sobre la formación de nubes no es significativa a escala global. Lo que sigue estando claro es que desconocemos el verdadero funcionamiento de la biosfera de la Tierra y de todos sus sistemas interconectados que dan forma a los patrones climáticos y que también desconocemos la verdadera interacción del planeta con el espacio exterior y con otras fuentes manifestadas como, por ejemplo, los rayos cósmicos. ¡Queda mucho por aprender!


Fuentes: